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Aquel colegio cómplice, por Ernesto Pérez Zúñiga en El País Semanal

I love coffee. It's one of my favorite things in the world, and I love tasting different coffees.

Foto: Tomada por JEOSM para Zenda.

Publicado originalmente en El País Semanal.

Entre visitas al apartamento del profesor, el mismo que organizaba los campamentos de verano, fueron pasando los años. Nadie hizo nada. Solo él.

QUERIDO E IRRESPONSABLE colegio: hubiese querido escribirte para darte las gracias, más de 30 años después, pero necesito ser franco contigo. La verdad es como el agua subterránea, que trata de buscar un hueco para salir al exterior. Ese hueco lo ha abierto la novela que he publicado antes de dirigirte esta carta. Porque la escritura nos ayuda a ir señalando las máscaras con las que nos vamos protegiendo año a año. Ahora es el momento de dejar caer la tuya. Solo la caída de las apariencias —esas que te importaban tanto— nos permite aprender algo de valor.

Tenías la obligación de educarnos, y, sin duda, lo intentaste a tu modo, tratando de inculcarnos lo que tú considerabas valores ejemplares. Al mismo tiempo, contratabas a un pederasta en tu plantilla. Desde luego, era el más moderno de los profesores, la mayoría religiosos de tu congregación. Él no lo era. Habíamos cumplido 12 años. Y nos hablaba con altiva normalidad de algunos tabúes de entonces: la masturbación, por ejemplo, o el franquismo. Luego, después de clase, nos invitaba a tomar un refresco que, con el tiempo, se convirtió en una cerveza o un gin-tonic, ya en su casa, en formato de fiesta. Quizá te llegaban rumores al respecto. Seguir leyendo

«Ya que los jóvenes callan», por Ernesto Pérez Zúñiga en Zenda Libros

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Publicado originalmente en Zenda Libros.

Ya que los jóvenes callan, habrá que seguir dejando hablar a Valle-Inclán. En un mundo literario que tiende a estar dormido, a plantar semillas hueras con los libros, a convertirse a sí mismo en espectáculo de un día o de un año, reconforta una y otra vez leer las palabras del maestro. Declaraba en torno a 1930: “Voy a publicar el próximo mes de marzo una obra contra las dictaduras y el militarismo (…). Ya que los jóvenes callan, es cuestión de que lo hagan los viejos por ellos.”

Lo recoge la maravillosa publicación que la Biblioteca Castro dedica a las Obras completas (V, Teatro y poesía) de Valle Inclán, en la ejemplar edición de Margarita Santos Sanz. Qué gozo leer los trabajos introductorios a cada una de las obras que recoge este volumen, tan eruditos en los contextos históricos como eficaces al desenterrar las claves creativas. Pero, sobre todo, qué gozo recorrer, una tras otra, desde Divinas palabras a Martes de Carnaval, pasando por Luces de bohemia, las sendas que conducen a una de las cumbres de la literatura mundial del sigo XX y, desde luego, el Everest de la literatura española contemporánea.

Se trata, ni más ni menos, de la fascinante historia de la creación del esperpento, del análisis y sublimación de la sociedad española, trasladada a un lenguaje literario único y convertido en categoría estética universal. Seguir leyendo

Cómo fue el proceso de escritura de Escarcha, de Ernesto Pérez Zúñiga

Publicado originalmente en Zenda Libros.

Escarcha es, de todas mis novelas, la única que ha esperado décadas para ser escrita. Se ha macerado en vida y en silenciosa imaginación. Y ya, tensa como un arco, ha salido disparada hacia las páginas.

La tuve que contener. Era una manada de caballos que podía desparramarse en múltiples direcciones, en una llanura sin fin. Para domarla, fragüé un sistema matemático, que apliqué, en primera instancia, sin piedad sobre la libertad de la escritura. Toda ella giró en torno al número siete. Siete temporadas con siete capítulos cada una. Siete páginas cada capítulo, formado cada uno por un metraje de 2.401 palabras (múltiplo de siete), sin excepciones. Trabajé de este modo en los primeros borradores de Escarcha.

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José Balza, una frontera nueva; por Ernesto Pérez Zúñiga

Texto publicado originalmente en EL PERSEGUIDOR, el 22 de julio de 2018.

Como apartar una rama en la selva y encontrar, de repente, la ciudad futura. Así leemos la obra de José Balza, escritor imprescindible de la narrativa en español. No leerlo es perder. Y leerlo supone una experiencia plena: una fusión con algo misterioso, mejor. Algo que está ya aquí y también acabando de llegar, quizá durante décadas: una  literatura que llena el presente y, de manera circular, los precipicios del tiempo.

José Balza, nacido en 1939 en el Delta del Orinoco, es autor de una amplia y cuidada
obra narrativa y ensayística, que destaca por un número de cualidades raras en un mismo escritor: la impecable factura y sensualidad del lenguaje, la variada invención, la sutileza del pensamiento, la capacidad de amalgamar jugando estructuras y tramas, de proponer ritmos e inquietudes que vienen de la experiencia, de los sueños o de otra dimensión que está en algún lugar invisible de la realidad. Todos estos elementos los reúne, por ejemplo, una sola novela, Percusión, publicada en España por Seix Barral en
1982.

La obra narrativa de José Balza fue de una precocidad asombrosa. Antes de los 30
años había escrito dos novelas de enorme solidez, Marzo anterior y Largo. Tendría 35 cuando publicó Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar, una novela con
un enorme poder de renovación y que leída hoy mismo resulta venidera. Hay algo profético en ellas (como en Un hombre de aceite, que auguraba en 2001 la Venezuela que vendría): una estética lábil, que inaugura el tiempo de cada forma, pero también la
exploración de una ética abierta del ser, donde las normas se derrumban ante la
aventura escurridiza de la verdad.

Junto con estas novelas, son sus cuentos los que han tenido una repercusión internacional mayor, publicados en conjuntos tan reseñados como La mujer de espaldas (1986), Un Orinoco fantasma (2000), El doble arte de morir (2008) o Los peces de fuego (2010). En nuestro país, por ejemplo, la editorial Páginas de Espuma publicó una breve antología en el año 2004 y al cuidado de otro narrador venezolano, Juan Carlos Méndez Guédez, en cuyo prólogo supo situar a José Balza en “la estirpe de los escritores más renovadores e inclasificables de nuestro idioma (…) junto a nombres como Ricardo Piglia, Roberto Bolaño, César Aira o Enrique Vila Matas”.

Desde entonces son numerosas las voces que lo reclaman como uno de los maestros de la narrativa en español de final de siglo XX y principios del XXI. Sus aforismos, agudas fulguraciones, y ensayos, que abundan en la excelencia de lo escondido, se recogen en
volúmenes, por nombrar los más recientes, como Ensayos de humo (2013) o Play b
(2017). Es difícil hallar desde Cortázar (quien celebró, por cierto, la escritura de Balza),
un escritor que entregue a nuestro idioma tal diversidad de lenguaje, estructura e imaginación.

En una entrevista del año 99, afirmó: “Me gusta que los personajes vivan de tal forma que provoquen la sensación en los lectores de que sólo la literatura (…) puede proponer una frontera nueva de la experiencia cotidiana en el ser humano”.
Pocas experiencias literarias iguales a cruzarla.

«Pasar a otro estado. Una crónica colombiana» en Cuadernos Hispanoamericanos

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Publicado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos.

Cuando llegábamos al aeropuerto de Bogotá, volví a sentir cuánta falta nos hace América. Las montañas —cíclopes interminables— reverdecían también en mí y avisaban de que en aquella tierra emanaba una energía más poderosa que la del pequeño país europeo del que yo venía.

Iba a Pereira, al Eje Cafetero detrás de las montañas, al Festival Luna de Locos, que dirige Giovanny Gómez y que reúne a poetas de medio mundo para desperdigarlos por plazas, colegios y pueblos. A diferencia de mi país, en el que la poesía parece oficiarse en cubículos desangelados, en Colombia las lecturas se acogen como una fiesta. En plazas abarrotadas de jóvenes leo junto a mis compañeros de viaje (otros españoles, como Luis García Montero, Elena Medel y Jordi Valls; el argentino Juan Arabia; colombianos, como Juliana Gómez Nieto, Lindantonella Solano Mendoza, Mauricio Peñaranda, Arturo Estrada, José Luis Díaz-Granados; la galesa Zoë Skoulding; el canadiense Herménégilde Chiasson; el británico James Byrne, entre muchos otros) en la noche cálida, el público sentado en la hierba.

Vamos a colegios con patio de verbena, donde hacen de guirnalda nuestros poemas rotulados en cartulina y los cómicos retratos dibujados por los pequeños. Todos participan, cada alumno aporta una lectura, un poema propio, una reflexión, con mayor alegría en los barrios más difíciles: criaturas de la violencia o de la pobreza sonríen, bailan, escuchan, tienen el hambre de saber, de crecer con nosotros, pero también de compartir. Cuando voy a esos colegios, veo un mar en el que se derrama el sol; son las miradas, las inteligencias de los chicos y chicas colombianos, ejemplarmente preparados por sus profesores para ese momento, donde los hijos del café y de las montañas dan sentido a las cartas que traemos en las manos. Como si justo antes estuvieran en blanco. Ahora se marcan con vivas figuras. Y me hace recordar la abulia de mi país privilegiado y europeo, en el que los adolescentes parecen esconderse en cápsulas de hierro para no tener contacto con lo que les ofrecen los mayores, todos torpes en nuestra manera de transmitir y recoger legados. Seguir leyendo

El alijo, por Ernesto Pérez Zúñiga en El País Opinión

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Luis Bárcenas, la pasada semana, en la Audiencia Nacional. JAIME VILLANUEVA

Publicado originalmente en El País Opinión, el 10 de junio de 2018.

Los políticos son los protagonistas de esta película mala en la que los actores cambian, a su beneficio, la idea original del guion democrático

Da la impresión de que hemos dejado que los políticos abusen del espacio público que les corresponde, una omnipresencia que retrata una España de opereta, con personajes oscuros, muy poco edificantes. Llenan las pantallas, los diarios, y, lo que es peor, nuestras mentes. Bailamos al ritmo de sus ocurrencias y disparates, como si la vida pública no fuera más que la de ellos en lugar de, sin ir más lejos, la nuestra: médicos, obreros, profesores, comerciantes, dependientes… filósofos, que tan bien hay alguno. Pero los políticos son los protagonistas de esta película mala en la que los actores cambian, a su beneficio, la idea original del guion democrático.

Si la democracia existe para el bien común, muchos la entuban para su bien particular. Y aunque no todos se comportan así (hay miles de políticos que se dejan la piel en su trabajo) hoy en España resplandecen los más irresponsables, muchas veces no elegidos por el pueblo, sino por camarillas intrigantes que comercian con lingotes de poder. Ahí tenemos a Torra, recién llegado por las bambalinas, empeñado en representar un papel de energúmeno xenófobo, en lugar de usar el privilegio recién adquirido para tratar de conciliar la pluralidad de Cataluña. Quizá porque ha llegado por una puerta que los ciudadanos no son capaces de prever. Quizá porque el sistema de acceso está mal diseñado. ¿Un gobierno de los mejores? Al menos, no de los peores. Seguir leyendo

La unidad de los márgenes, por Ernesto Pérez Zúñiga en El País

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JAVIER HERNÁNDEZ

La unidad parece venir de los márgenes ahora que los núcleos no desean la unión: la Unión Europea, desde luego, pero se diría lo mismo de cualquier espacio de acuerdo. La concordia ha dejado de ser importante para el núcleo. Entendemos por núcleo cualquier poder político instaurado, gobernante o en ciernes, que ha aglutinado en torno a millares de votantes convencidos de su singularidad respecto al resto de seres humanos (ya sea en su mismo país, en el continente o en el resto del mundo). Cada núcleo, por muy diferente que se crea de los demás, está en sintonía con el resto: armoniza en la falta de diálogo, se ensalza en la ausencia de empatía, idealiza la solidaridad con los iguales, descarta la equidad del contrincante. Los ciudadanos europeos nos estamos acostumbrando a escuchar esta sinfonía formada por muchos núcleos descoordinados y tozudos, que se imaginan tocando un instrumento único, y que, en el fondo, suenan a lo mismo.

Cada núcleo es un vórtice de promesas dirigidas a los votantes, a los que se suele tratar bajo la misma ley de la oferta y la demanda que engrasa hoy los huesos de ese esqueleto llamado Europa. Los votantes nos hemos convertido en un vale a cambio del poder, engatusados no solo con la promesa de cualquier pequeño paraíso, sino con la de que vamos a perder nuestro miedo. Miedo a los extraños en nuestras fronteras, miedo a la pérdida de seguridad y de trabajo. Qué importa lo que nos dejemos en el camino: unos pocos derechos, unas migajas de libertad, minucias de dignidad humana. En comparación con el amparo del núcleo. Seguir leyendo

Ernesto Pérez Zúñiga entrevistó a Sebastian Barry sobre su nueva novela Días sin final

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Entrevista publicada originalmente en Zenda Libros.

Una cálida y sobria elegancia. Es lo primero que percibo de Sebastian Barry (Dublín, 1955) en el café del hotel donde voy a entrevistarlo después de leer su última y espléndida novela, Días sin final, publicada por AdN (Alianza de novelas). Unas manos cuidadas y fuertes, en uno de cuyos dedos —los dedos que escriben— destaca un sello dorado. Es el mismo que he visto en la fotografía de la solapa del libro; en la mano donde apoya su rostro serio y afilado por la barba, cuyos rasgos se esponjan, al hablar, llenos de cordialidad. La mirada, afilada, observadora, el ceño fruncido por pausadas reflexiones. Vive en los montes de Irlanda. Lo imagino paseando entre bosques. Imagino barro en sus botas; ropa con olor a leña, largas conversaciones con su familia, con su hijo Toby, a quien está dedicada esta novela.

—En realidad ha sido un regalo que él me ha hecho a mí —dice—.

Un regalo a quienes hemos leído el libro, pienso, pero no lo digo. Toby tiene 16 años, es homosexual, algo que en Irlanda, como en otras muchas partes del mundo, es un hecho inaceptable para las mentes obstusas.

—¿Qué te ha enseñado tu hijo? —empiezo preguntándole.

—A respetar, a reverenciar su vida. La vida.

—Y así te has convertido en Thomas McNulty, el protagonista y narrador de esta novela, un irlandés del siglo XIX enrolado en el ejército de Estados Unidos, y enamorado de otro hombre, John Cole.

—No soy Thomas, pero soy la persona que se ha sentado a su lado, para escuchar atentamente lo que él tenía que decir. Lo primero que debe hacer un escritor es aprender a escuchar la voz de sus personajes. Recuerdo el momento en que sucedió. Estaba en mi despacho. Había escrito ya 30 páginas. Pero todavía Thomas no había comenzado a hablar. Entonces dijo la primera frase de esta novela: “La forma de preparar un cadáver en Misuri se llevaba la palma, desde luego”. Y se hizo presente en mi habitación. Por supuesto, Thomas ha venido al mundo con cualidades de otras personas, sobre todo de mi hijo Toby, que es una persona valiente y noble. Pero hay que creer en esa magia de la literatura que hace verdadera la invención: hay que esperar a que el personaje se manifieste. Si yo fuera el que hablara directamente en la novela, el libro sería mucho peor. Seguir leyendo

Migajas en el ombligo, por Ernesto Pérez Zúñiga en El País

Artículo de opinión escrito por Ernesto Pérez Zúñiga y publicado el 2 de diciembre de 2017 en Tribuna de El País.

Nos hemos olvidado del otro. La crisis catalana es una demostración más de cómo gran parte de la civilización occidental solo se mira a sí misma. Los problemas nacionalistas en Europa hoy son una enfermedad del ombligo, y ver a tanta gente desgañitándose en la calle y en las redes por un problema tan pequeño produce un ácido sonrojo. A veces da vergüenza pertenecer a esta zona del mundo, contra cuyos muros y en cuyos mares mueren tantas personas del Sur. Seguir leyendo

El absoluto, por Ernesto Pérez Zúñiga en El País Opinión

Eulogia Merle

Eulogia Merle

Artículo publicado originalmente en El País el 30 de septiembre de 2017.

“La vida es corta para todo conocimiento, pero quizás sea suficiente para saber”, dice Juan Malpartida en su novela Camino de casa. Hay demasiadas personas que, sin embargo, creen que tienen ya todo el conocimiento necesario. Creen poseer la verdad y, por tanto, saben poco o saben nada.

El rey absolutista, el que pensaba que su poder no tenía otro límite que el divino, no supo jamás que el lema que seguiría siendo válido siglos más tarde sería el que precisamente nació contra él: libertad, igualdad, fraternidad, tres palabras que, frente a todo pronóstico, siguen siendo revolucionarias hoy en día. Porque son incompatibles con lo absoluto.

El absoluto fue reivindicado por reyes y teólogos.

El absoluto ha enamorado a muchos poetas.

Del absoluto se colgaron multitud de filósofos, hasta que Einstein lo rebatió por completo. Seguir leyendo

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