El proceso se diría invisible. Cómo fuimos cambiando comodidad por independencia o reduciendo, como una luna obstinada en el menguante, la capacidad de visión. Lo he vivido desde niño. La tecnología en la locomoción, en la vivienda, en la informática lo fue llenando todo, para ayudarnos. Autopistas, centros comerciales, bancos y pensamientos. Mientras tanto, el campo alrededor de las ciudades desaparecía, se enlodaba, se cimentaba. La vega de los cañaverales se la comía a pedazos cualquier Titán especulador, camuflado en otro: un concejal de urbanismo, por ejemplo. En realidad, no importa quién porque la corriente es tan poderosa que se vivifica en cada uno de nosotros. Somos sus manos, sus ideas. Trabajamos para ella en cuanto nos descuidamos.
Categoría: Artículos (Página 1 de 4)
«The Earth speaks. We are its tongue, though we do not know it. Not just us, of course—the birds, the trees, the rivers, and the wind as well. But we have forgotten. We are its ears, and yet we pretend to be deaf. We are deafened by the cities, where we visualize the shape and structure of our civilization. In it, we remain submerged and blind. How often, walking through Madrid, for example, do I glimpse the hills masked by asphalt and buildings, the streams buried beneath the sewers, the poplar forests now buried under the Paseo de la Castellana? By sharpening my ears and eyes, I can sense the soft tread of deer where the traffic roars».
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«El centro no es el ser humano, sino el planeta del que emanamos con la misma entidad que una roca, un arroyo, una hoja, un lince. Nuestra misión no es la bíblica de dominar y explotar el mundo -ahora a través de la robótica- sino respetarlo, comprenderlo, y vivir en él con armonía. Esa evolución de muestra conciencia resulta mucho más urgente que cualquier tecnología que podamos inventar. Nada de la naturaleza nos resulta ajeno. De la esperanza del geohumanismo puede surgir un nuevo Renacimiento. Nos lo está pidiendo a voces de huracán, a golpe de deshielo, y en el silencio de los desiertos progresivos, quien nos da la vida: la Tierra».
Publicado originalmente en El País
Se puede leer el artículo completo en este pdf.
«Situar el planeta en el centro de nuestra conciencia: esa es la revolución mental más acuciante que necesita el ser humano hoy en todas las naciones del mundo. En la educación, en la política, en el arte y, desde luego, en la literatura. Por eso cuando he leído El roman de la isla Bararida de Juan Carlos Méndez Guédez, me ha sacudido una fuerte emoción de esperanza y de belleza».
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Publicado originalmente en 142
«El humanismo renacentista quiso poner a nuestra especie en el centro del cosmos, para desarrollar todo nuestro potencial como seres divinos. Ahora resulta imprescindible y urgente que la Tierra, Gea, ocupe la posición que le corresponde en el centro de ese desarrollo. Un geohumanismo, por tanto, donde el ser humano se conozca como parte armónica de la Tierra, ni más ni menos que el resto de los animales, las plantas y las rocas. Ni más ni menos que las montañas, los bosques y los océanos. Todo desarrollo o progreso humano sin la Tierra es subdesarrollo y suicidio».
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Originalmente publicado en 142
Publicado originalmente por la Fundación Ramón Areces, como parte del monográfico Las culturas de la inteligencia artificial, en diciembre de 2024.
Publicado originalmente el 21 de enero de 2021 en Zenda.
Pedro Jesús Fernández, el viajero y la casa. Ernesto Pérez Zúñiga

Todos los días deben ser de lluvia cuando muere Pedro Jesús Fernández.
Llueve sobre la terraza de la plaza de Cascorro, donde cenamos una última noche este verano, repasando cálidamente la vida. Llueve sobre el parque del Moro adonde mira, huérfana, su ventana de Madrid. Llueve sin duda en Roma, sobre el tejado de Santo Stefano Rotondo, y en los callejones secretos de los barrios llenos de esas historias suculentas que sólo se sabía él y que contaba con esa voz peculiar, rasgada y alegre, entreriendo y caminando con pasos largos. Llueve con especial fuerza en Piazza Navona, sobre la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini. Estaba orgulloso de haberse arruinado alquilando aquel apartamento para que sus hijos Gonzalo y Marta se despertaran, cada mañana, sobre el asombro cotidiano de la plaza.
Publicado originalmente el 13 de enero de 2020 en Zenda.
Sobre todo por lo difícil. Ernesto Pérez Zúñiga

Fotografía de Jeosm para Zenda
Sobre todo por lo difícil doy las gracias.
También hay que hacerlo por lo fácil.
Pero incluso lo que parece fácil es difícil.
Cada día sigo asombrándome de que este planeta esté flotando en el espacio en torno al sol, que a su vez gira en la galaxia, a su vez en movimiento en un universo infinito, incognoscible en gran parte, a pesar de nuestros esfuerzos.
Y por eso doy gracias.
Doy gracias por su hermosura maltratada por los humanos, pero definitivamente más poderosa que nosotros.
Doy gracias a la nieve y al calor que la derrite.
Publicado originalmente el 30 de Noviembre de 2020 en Zenda.
Sobre Los ancianos siderales, de Luis Mateo Díez.
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Los ancianos siderales. Luis Mateo Díez. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2020
A Luis Mateo Díez, último premio nacional de las letras, le ha llegado el galardón como flor natural, más que otorgado, nacido directamente en la tierra verbal de su solapa y de la literatura que abriga por entero el cuerpo de su vida y su obra.
Cualquier lector que la repase desde sus inicios hasta la fecha, podrá afirmar que Luis Mateo Díez va desarrollando su mundo literario con una voz única en nuestra lengua, donde hay afines pero no semejantes, y con una audacia en su imaginación que va aumentando de temperatura conforme los años pasan y nuevos libros van aterrizando en las librerías, como lo acaba de hacer, como mensajero del premio que estaba a punto de llegar, Los ancianos siderales.
Esta novela, que podemos relacionar con La cabeza en llamas, volumen de relatos que sintetiza como ningún otro, a mi juicio, la propuesta estética y simbólica de Luis Mateo Díez, casi una provocación frente al realismo, da un paso más allá en la visión esperpéntica y onírica de su universo literario.
Publicado originalmente el 2 de diciembre de 2020 en Zenda.
El milagro musical. Ernesto Pérez Zúñiga

Estructura espacial en tensión (1952). Nino di Salvatore.
Hay que darle espacio a la voz, creo que esa es la clave, mi querido Adolfo García Ortega, compañero de este viaje. Cabalgar tiene su ritmo, ya sea al galope o al trote. A lo mejor te ha pasado lo mismo que a mí otras veces: un texto no funciona porque no tiene música. Digamos que, en principio, venía con todo lo necesario: una buena historia y palabras precisas, por ejemplo, pero le faltaba esa misteriosa melodía interior que casa el universo de las palabras. La voz. Por ella reconocemos a los autores por muy diferentes que sean sus libros publicados. Hay algo, un tono del decir, un matiz difícil de definir pero característico que a todos nos identifica. Música del alma, precisaba Pitágoras y luego tantos neoplatónicas. Música del alma que se convierte en voz.











