Publicado originalmente el 6 de mayo de 2020 en Zenda.

Elogio del librero. Ernesto Pérez Zúñiga

 

Alfonso Tordesillas, en el escaparate de Tipos Infames, la librería que fundó junto a Gonzalo Queipo y Curro Llorca. Fotografía de Roberto Ranero para guiarepsol.com

Los seleccionó y los trajo y los colocó en la mesa y en la estantería, ordenados por géneros y por autores. Lo hizo, fundamentalmente, para desconocidos. Como quien pone las flores para la abeja, quién sabe cuál ni de dónde. Lo hizo para el adolescente que quería alas. Ya no funcionaban en casa, con los libros de infancia. La abeja se paseaba por los lomos, palpándolos con la trompa. Pienso en los tomos de Rimbaud que publicó Hiperión; el fucsia de las Poesías completas, el violeta de las Iluminaciones, la cubierta pálida de Una temporada en el infierno. Los dedos hacían palanca en la parte superior del lomo, abrían el libro, lo acercaban al olfato, las letras se metían por los ojos, sí, como abejas que llevaban el polen a la imaginación. Un adolescente leía lo que otro adolescente (glorioso) había escrito hacía un siglo atrás.
El librero, la librera, habían trazado aquel extraordinario milagro del tiempo. Habían tomado aquellos libros escritos en días desaparecidos y los habían transportado hacia un espacio acogedor, cien años más tarde, mil años más tarde, dos mil quinientos años más tarde. Los habían traído de todas las épocas y de todos los espacios, traducidos de recónditos idiomas, como si ellos, uno solo, la librera o el librero, fuera el ejército completo que Ptolomeo mandó por todo el orbe para capturar los libros que luego formaron la Biblioteca de Alejandría.
Toda librería es una síntesis de esa biblioteca maravillosa. Todo librero es una encarnación heroica de la estirpe de los Ptolomeos, sin más ejército ahora que su propio esfuerzo por llevar al día (y a nuestros días) un negocio que solo puede ser vocacional. Sísifo era librero. Subía libros a la montaña para ver si se vendían, y luego, al llegar a la cumbre de nuestra sociedad ilustrada (en teoría), volvía a bajar los mismos libros sin vender por el mismo camino. Y otra vez lo volvía a intentar.
Hasta que nosotros, los que no podemos vivir sin ellos, empujamos la puerta de una librería en Granada, en Madrid, en Barcelona, en París, en Nueva York, en Roma, en México, en Caracas o en Pereira de Colombia. Librerías de viejo y de nuevo, librerías siempre abiertas a un pequeño asombro inesperado.
Las librerías siempre enseñan algo que desconocíamos y que no sabíamos que estábamos esperando. Algo, ese impactante otro, que se pone a volar dentro de esa frente que parecía, hasta ese instante, una muralla infranqueable.
Decir «las librerías» es decir el librero que le da forma a ese espacio (forma de submarino, forma de cueva, forma de salón con chimenea, forma de vientre de ballena, forma de taza de café). Así que corrijo la primera frase del párrafo anterior. La librera, el librero siempre enseñan algo que desconocíamos y que no sabíamos que estábamos esperando.
No he encontrado un gremio más respetuoso. Nos dejan habitar sus espacios con toda libertad. Podemos ser hoscos, silenciosos husmeadores. Podemos ser preguntones e impacientes. Acalorados, tímidos, nerviosos. Indecisos. Insaciables. Con cuánta felicidad me he gastado los ahorros en muchos más libros de los que podía transportar con comodidad hasta mi casa y que solo tendría tiempo de leer en mi mente mientras durara el trayecto.
Solo hay dos tipos de ciudades. Las que tienen buenas librerías y las que no las tienen. Es decir (y vuelvo a corregirme), las que tienen buenos libreros o no los tienen. Esto hace de ellos los ciudadanos más importantes.
Porque no leer se parece definitivamente a la tristeza. Y cuando ya hemos leído todos los libros de casa, se nos pone una terrible cara de Mallarmé. La carne es triste, sí, porque sabemos que una manera eficaz de tener acceso a nuestra alma se produce al entrar en una buena librería, donde nos esperan, como espejos cerrados, las aventuras en evolución de nuestro propio rostro, multiplicado y reflejado en la escritura del mundo.
Desde que somos niños, las librerías (perdón, de nuevo, los libreros) han roto todos nuestros límites, nos han permitido ser lo que somos y mucho más aún de lo que se puede describir e imaginar.
Cierro los ojos. Abarco modestamente con mi imaginación solo cien años de nuestra Historia. Borro las librerías de esa Historia. Borro la librería Cervantes de Segovia, a la que iba Antonio Machado. Borro la librería Shakespeare and Company, que vendió y publicó el Ulysses. Borro con mi imaginación (y me está doliendo hacerlo) las librerías de cada una de las ciudades de Europa, año por año, y así hago con cada continente. Solo cien años. Y ahora pienso en nuestro mundo, qué hubiera sido sin librerías, qué o quién sería yo. Quiénes seremos dentro de pocos años si permitimos que los libreros desaparezcan por esta crisis o por cualquier otra.
Abrir los ojos es saber a quiénes hay que dar las gracias.