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El pájaro, el olivo, la isla.

Publicado originalmente en la 142 revista cultural Nº 24, enero-marzo 2025

«Roman de la isla Bararida», de Juan Carlos Méndez Guédez. Foto de Ernesto Pérez Zúñiga

«El ave, de plumas irisadas, se posa en el olivo. Estira las alas antes de plegarlas. Disfruta del calor del sol. Y emite un canto breve, antes de recibir un disparo. El ser humano va extinguiendo las especies de aves ya sea con armas de fuego, pesticidas o la destrucción mecánica de los hábitats: más de seiscientas a lo largo de 130.000 años. Parece mucho tiempo y muy pocas especies. Para quien tenga esta sensación, la siguiente noticia es noqueadora: la ciencia prevé que, a este ritmo de impacto humano, desaparezcan unas 6.000 especies en solo 200 años. Da igual el lugar del mundo. La destrucción se acelera porque nuestra acción se ha intensificado descomunalmente en la última centuria y se sigue acelerando cada día en nuestra desmesura tecnológica.

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La tierra habla.

Publicado originalmente en la 142 revista cultural Nº 23, octubre-diciembre 2024.

Foto: Ernesto Pérez Zúñiga

Foto: Ernesto Pérez Zúñiga

«La Tierra habla. Somos su lengua y no lo sabemos. No solo nosotros, por supuesto, también las aves y los árboles y los ríos y el viento. Pero a nosotros se nos ha olvidado. Somos sus oídos y nos hacemos los sordos. Estamos ensordecidos por las ciudades donde visualizamos la forma y la estructura de nuestra civilización. En ella permanecemos sumidos y ciegos. Cuántas veces paseando por Madrid, por ejemplo, puedo ver las colinas enmascaradas por el asfalto y los edificios; los arroyos sumergidos en las alcantarillas; el bosque de álamos que ahora sepulta el Paseo de las Castellana. Aguzando el oído y la vista, puedo percibir el paso leve de los ciervos donde rueda el tráfico. Las ciudades son naturaleza construida, madriguera sofisticada, refugio y escenario de nuestra acción: un decorado sobrepuesto a la naturaleza que solemos confundir con la realidad.

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Nueva novela: «Veníamos de la noche»

Editorial Galaxia Gutenberg. Enero de 2025

Lucía, con 49 años, llega a la Academia de España en Roma para pintar el cielo de la ciudad y rehacer su vida. Bajo un apellido falso, huye del matrimonio que la asfixiaba y de una decisión irreparable que no deja de perseguirla. Mientras un encuentro inesperado la enfrenta a su capacidad de amar, empieza a sentir que la espían y que los secretos de su vida pasada no la dejarán atrás.

En Veníamos de la noche, Ernesto Pérez Zúñiga construye una conmovedora e intrigante historia sobre la complejidad de las relaciones humanas, las búsquedas artísticas, la identidad, la redención, la locura y el amor.

Las contradicciones de la sociedad contemporánea y de la conciencia habitan en esta absorbente novela, donde el resplandor de Roma, con sus claroscuros, es un personaje más.

Entrada

 

Gioachina me avisó de que Lucía se había refugiado en la nave espacial y que no quería que nadie la encontrara, especialmente yo. La nave espacial. Así es como Gioachina llama al Tempietto de Bramante: «una nave espacial de estilo renacentista».

–Me ha dicho que, si preguntas por ella, no te diga dónde está.

Habíamos quedado en su estudio para una primera reunión de seguimiento pero, por lo visto, no quería tenerla. La imagino cerrando los ojos dentro del Tempietto. No podía hacer nada. Sólo esperar. El Tempietto la calmaba si se sentaba en el suelo, sobre las baldosas de mármol, y se tomaba el Nolotil que ya tenía entre los dedos. El Tempietto como una gigantesca cápsula de Nolotil, que la engullía a ella y no al contrario, serenando su mente, llevándola de nuevo a la transparencia de su desván interior. Después volvería a su estudio. Y, al atardecer, cuando le pareciera oír un crujido al otro lado de la puerta, se arreglaría un poco y se iría a cenar al Trastevere. Al restaurante que se llamaba como ella, solo que en la parte del nombre que había querido conservar de sí misma, y donde aquel hombre que leía la Divina comedia se la había quedado mirando.

Se imaginó que aquella nave espacial de estilo renacentista ascendía por fin y que, al romper la barrera del sonido, lo que caía del espacio era pintura, un cielo inmenso de pintura, un océano de color firme y silencioso, incapaz de traición.

Cultura (poema)

El 17 de mayo de 2024, participé en una mesa sobre Alianza y redes colaborativas en el CM Málaga.

Sara Magán, coordinadora de la mesa redonda, me invitó a escribir un poema sobre el significado de una Cultura colaborativa.  En cuanto leí su propuesta (me la mandó por correo), le contesté con este poema, que casi se escribió solo:

 

No estamos solos.

Hasta las estrellas que parecen islas se llaman en la oscuridad.

Tejemos juntos la luz de la constelación.

Y los hilos de farolas que peregrinan de calle en calle o de colina en colina.

Así la luz nos revela como buscadores de un alumbrado común.

 Cuántas veces me he encontrado con que una vela solitaria se apagaba en mi mano.

Cuántas veces tú me has entregado la tuya y a ti alguien te ha dado otra para que el bosque sea más sagrado.

Sagrado es aquello que luce en común desde una misma energía que resalta rasgos diferentes.

Un haz de luz

es una reunión de hacer juntos.

Haz de hacer.

Un sentido

es una reunión de sentir juntos.

Sentir sentido.

Así crecemos desde la raíz a las ramas.

Hasta las nubes que descargan la lluvia en la piel.

Es cultura: dices al recoger una gota de mi brazo con la yema de tus dedos.

Sí, te contesto, la cultura comienza cuando pones una palabra en la piel, y la compartes.

Hasta las estrellas que parecen islas se llaman en la oscuridad.

 

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