Autor: Ernesto Pérez Zúñiga (Página 8 de 11)

El oro de Ory

Por Ernesto Pérez Zúñiga

Publicado originalmente en Campo de Agramante

ISSN 1578-2433, Nº. 23, 2015 

(Ejemplar dedicado a: Homenaje a Carlos Edmundo de Ory (1923-2010)), págs. 23-27

El oro de Ory amerizó en la poesía española como un bólido en el aburrimiento.

 

No digo palabras, hago palabras, afirmó Carlos Edmundo de Ory en uno de sus aerolitos, glosando el lema creacionista de Huidobro: “Poetas, no cantéis la rosa. Hacedla florecer en el poema”.

 

Aerolito: piedra aérea. En sus aerolitos, Ory sintetiza el lapis de los filósofos y la piedra de la llamada locura. La alquimia de Ory transforma los cuatro elementos hacia su esencia poética.

 

Me interesa menos la belleza que la energía, dice. Ciegos son aquellos que no ven lo invisible.

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Confesión a Cervantes

Por Ernesto Pérez Zúñiga

Publicado originalmente en  Cuadernos hispanoamericanos

ISSN 0011-250X, Nº 791, 2016págs. 51-56

 

 

Al modo de San Agustín te diría magno eres, Cervantes, y sumamente laudable, magna tu virtud y tu sapiencia innumerable, si no hubieras sido uno de los escritores más desdichados de los que he tenido noticia. Magnos han sido mis defectos, me contestas, y numerosa mi ignorancia, que abarca la distancia que comienza en esta tierra y se eleva hacia los espacios. Así somos, maestro raro, te insisto, pequeños seres que llenan de preguntas el mismo horizonte hecho a su medida. Pero, sabiendo cuánto desasosiego nos une, ¿quiere alabarte un escritor cuatrocientos años más joven que tú, que sin duda forma parte de ti, pues lo soy de tus lecturas, y no solamente de ellas, como se verá? ¿Y precisamente un escritor, revestido de un obra muy inferior a la tuya, que lleva consigo demasiadas páginas escritas que anhelaron estar a tu altura? Con todo, quieren alabarte los escritores de nuestro tiempo, pues somos parte de tu creación. Tus páginas nos han alimentado como si nos hablaran desde otro mundo que iba incluyendo el nuestro. Tu imaginación ha conformado la nuestra, como las figuras temblorosas que proyectaba la hoguera de Platón en la caverna.

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Ya que los jóvenes callan

Por Ernesto Pérez Zúñiga

Publicado originalmente en Zenda

 

Ya que los jóvenes callan, habrá que seguir dejando hablar a Valle Inclán. En un mundo literario que tiende a estar dormido, a plantar semillas hueras con los libros, a convertirse a sí mismo en espectáculo de un día o de un año, reconforta una y otra vez leer las palabras del maestro. Declaraba en torno a 1930: “Voy a publicar el próximo mes de marzo una obra contra las dictaduras y el militarismo (…). Ya que los jóvenes callan, es cuestión de que lo hagan los viejos por ellos.”

     Lo recoge la maravillosa publicación que la Biblioteca Castro dedica a las Obras completas (V, Teatro y poesía) de Valle Inclán, en la ejemplar edición de Margarita Santos Sanz. Qué gozo leer los trabajos introductorios a cada una de las obras que recoge este volumen, tan eruditos en los contextos históricos como eficaces al desenterrar las claves creativas. Pero, sobre todo, qué gozo recorrer, una tras otra, desde Divinas Palabras, a Martes de Carnaval, pasando por Luces de bohemia, las sendas que conducen a una de las cumbres de la literatura mundial del sigo XX y, desde luego, el Everest de la literatura española contemporánea. 

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Bárbaro Valle

Por Ernesto Perez Zúñiga

Publicado originariamente en Zenda

 

Leer el teatro de Valle Inclán, una obra tras otra, contemplando la evolución de uno de los mejores autores de la literatura universal, supone el disfrute paulatino de un personalísimo mundo de imaginación y lenguaje, una constatación continua de la alegría de ser lector.

     Se trata del volumen cuatro que la Biblioteca Castro dedica a sus Obras completas, en este caso el primero de los dos que concentran su producción teatral: la escrita entre 1899 y 1914, es decir, entre Cenizas y La cabeza del dragón, incluyendo la trilogía de Las comedias bárbaras (una de ellas, de 1923). Para un volumen posterior queda el teatro concebido por Valle-Inclán entre 1915 y 1936, año de su muerte y el de una España en tenguerengue que Valle comprendió de una manera única en sus esperpentos.

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El daimon flamenco

Por Ernesto Pérez Zúñiga

Publicado originalmente en alemán

Die Philosophie des Singens. Bettina Hesse (Hg.)

 

 1. La fuente que buscaba Monteverdi

No se puede encerrar a la fuente. Hay que saber escucharla. Llevarla a la voz y a los dedos. Así se hace y se ha hecho el flamenco. En el patio. En la tasca. En la plaza. En la lumbre. En el paseo solitario. En la fiesta. En el escenario. Solo hay que ver tocar a un guitarrista como Pepe Habichuela para comprobarlo. La cabeza del maestro se inclina sobre la guitarra. Los dedos se acercan a las cuerdas. Un silencio. Y la fuente suena.

     La fuente no tiene partitura. La han bebido los mayores, y estos la han entregado a sus hijos en una forma. Como vasijas de barro son los palos del flamenco: seguiriya, soleá, bulería o toná. No importa. Van de mano en mano. No se estudian, se viven (aunque también se estudien mucho). Pero sobre todo se trabajan. Desde la infancia. Trabajo de tocar y de cantar en cada uno de los ritmos que va imponiendo el día. Y la noche abierta. La noche sin reglas.

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El revólver de Onetti (con balas de Vargas Llosa)

El revólver de Onetti (con balas de Vargas Llosa)

Ernesto Pérez Zúñiga

Escrito con ocasión del congreso El canon del boom, organizado por la Cátedra Vargas Llosa, y Acción Cultural Española en 2012

 

Para Jonathan Blitzer

 

  1. Habitante

 

No recuerdo a otro autor que me marcara tanto, cumplida la mayoría de edad, como Juan Carlos Onetti. Tengo la sensación (y sé que la historia ha sido otra) de que fue el primer autor contemporáneo al que leí. Recuerdo el libro en las manos, en una librería de Granada, antes de comprarlo por las palabras del título, por aquello que avisté entre las páginas. Era una edición barata y estaba cerca de saber que Onetti iba a darme más que otra lectura. El mundo iba a estar en otro lugar que las calles que pisaba, cada vez menos adolescente, menos miedoso. No porque ese mundo no fuera válido, sino debido a la instauración de otro, paralelo, inventado por aquel escritor desconocido, y que iba a contaminar la dimensión del presente: convertirse en una manera de ser, más allá de las perpetraciones literarias.

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Prólogo de Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar, de José Balza

 

Prólogo a la última edición venezolana de Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar. José Balza.

 

Rastros

entre

Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar.

Ernesto Pérez Zúñiga

 

La obra narrativa de José Balza (1939, Delta del Orinoco) es de una precocidad asombrosa. Antes de los 30 años había escrito dos novelas de enorme solidez, Marzo anterior y Largo. Tendría 35 cuando se publicó en Caracas Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar, una llave maestra comparable con Percusión, su novela más citada hasta el momento, publicada en Barcelona, en Seix Barral, casi una década después. Quisiera que Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar se cite con la misma frecuencia a partir de ahora.

 

     1974. Esta es la fecha de su publicación. Tengo tres años. Doy mis primeros pasos mientras Balza la ha estado escribiendo. Al leer hoy la novela, sé que he crecido en ella. Es el bosque donde aprendo a caminar. No hay una espesura mejor. Profunda, pero llena de claridad.  Seguir leyendo

Prólogo a Cuentos de José Balza

Obedecer al río

Prólogo a Cuentos, de José Balza.

Editorial Paréntesis,  Sevilla, 2012

 

Como apartar una rama en la selva y, encontrar de repente, la ciudad futura. Así recibimos la publicación de esta colección de cuentos del venezolano José Balza, escritor imprescindible de la narrativa en español. No leerlo es perder. Y leerlo supone una experiencia plena: placer, alimento y una fusión con algo misterioso, mejor. Algo que está ya aquí y también acabando de llegar, quizá durante décadas: una literatura que llena el presente y, de manera circular, los precipicios del tiempo.

     José Balza, nacido en 1939 en el Delta del Orinoco, es autor de una amplia y cuidada obra narrativa y ensayística, que destaca por un número de cualidades raras en un mismo escritor: la impecable factura y sensualidad del lenguaje, la variada invención, la sutileza del pensamiento, la capacidad de amalgamar jugando estructuras y tramas, de proponer ritmos e inquietudes que  vienen de la experiencia, de los sueños o de otra dimensión que está en algún lugar invisible de la realidad. Todos estos elementos los reúne, por ejemplo, una sola novela, Percusión, publicada en España por esta misma editorial en 2010, después de la primera edición de Seix Barral en el 82.

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Poemas de Cuadernos del hábito oscuro

Materialismo

 

 

El sonido de un dedo en una página

al máximo volumen

del cosmos

en una habitación pequeña

 

El estrangulamiento de la respiración

al mínimo volumen

del cosmos

en la coraza hecha de costillas

 

Torso de carne peso medio

cuelga del corazón del matadero

 

Cien pensamientos caducados dentro de la nevera del lenguaje

 

El sonido de un dedo sobre un torso

al máximo volumen

del cosmos

 

 

Cuerpo a cuerpo

  

I

 

Yo recibí a mi amor cuando empezó tu guerra

 

Yo destapé las sábanas para mi amada cuando

ladró vuestra ciudad

                    con una bomba a punto

de explotarle en la boca

 

Yo

-pura invención de su regreso-

por fin mordí su cuello

y pesqué sus pezones con mis dientes

mientras huías

entre ruinas de muertos que alzan alguna sola vez los brazos

para atrapar la vida

 

Yo entrecerré los ojos cerré los ojos

cuando

       ella cerró los ojos entrecerró los ojos

 

Vibraban sus caderas y sus senos

y vibraba la tierra y rincones del aire y el mismo fuego

vibraba dentro de las pieles como un tambor

cuando un disparo reventó tu cráneo

 

 

II

 

Gas

    ante el televisor escuchando una mentira

como gas

una mentira tras otra

como gas

del portavoz de los bandos

como gas

que ha decidido tu muerte

diminuta y peligrosa

animula vagula

blandula

y mi bando

hospes comesque corporis

el televisor una cámara de gas

 

Hoy sobre las piezas de tu cuerpo

-puzzle de los buitres-

ha vuelto a subir la bolsa en toda Europa y América

sobre tus ojos abiertos justo en las cuencas de un cráneo

como si fuera de

       otro

los ojos que son colores

solos

colores de un material

como si fuera de

                 otro

 

Como si fuera de otro

hemos encendido cualquier electrodoméstico

como cámara de gas

abro la nevera

una mentira tras otra

del portavoz de los bandos

que proporcionan antenas enchufes y tanques en la arena

 

Pero la arena

              la arena

no ha sido proporcionada

 

en el desierto

  

 

El guiñol cotidiano

 

 

Yo soy  

           el que cohabita detrás de mi figura

Yo soy  

           aquel que mueven mis muñecos

Yo soy  

      aquellos árboles rezagados al bosque

Yo soy   

      aquella casa donde nunca he llegado

  

El bonsái rebelde

 

 

Ni aquellas ramas que nunca obedecieron al rey

ni el tronco que se alimenta de ganaderías aterrorizadas

 

Córtale la lengua al que te dijeron

Córtale la lengua al que te dijiste

 

Tú   no   eres   ese   pensamiento   tuyo

ni cada deseo que envías a guerrear con los otros

        con las horas

 

Córtale la lengua

 

Deja tan sólo a los árboles

altos

                           mecerse

  

 

Leyenda bonsái

 

El sueño de la razón producía monstruos hasta que se inventó el cajero automático.

Fue cuando se aclaró definitivamente el orden de las preguntas:

ya no importó cuál era la materia de la que se hacen los sueños sino cuáles eran los sueños que se convertían en materia.

Fue el año en que los monstruos jugaron a la bolsa.

Y el sueño de la materia produjo muertos.

  

Sueño del astrónomo

 

 

     Nunca olvides que los días no existen uno tras otro donde una hora es de día y otra es de noche incontablemente. Nunca lunes ni domingo. Sí todo movimiento, sí todo las miradas.

     Nunca olvides que no hay reloj en la esfera donde un segundo es de día y otro es de noche incontablemente. Hay contables de estrellas. Pero hay silencios circulares que respiran.

 

 

30 de marzo, por ejemplo

 

 

Te levantas sin más, tranquilamente, un domingo de marzo con cambio de hora,

     mira el cielo: llueve,

pones agua y pan a calentar, y la habitación se llena de olores y del recuerdo de algunos muertos: un gesto, una costumbre, los alimentos que ellos preferían para el desayuno de las mañanas de domingo,

justo ese recuerdo

cuando muerdes el pan ya caliente, cuando intentas beber el líquido ardiendo, y puedes sentir todavía “lo caliente”, y te permites el lujo de maldecir “lo ardiendo”.

Los alimentos se adentran por tu cuerpo, los digieres, como los muertos hacían hace tan sólo unas semanas o unos años,

                         lo mismo da,

y tú te sigues preguntando: ¿qué haré esta mañana de domingo?

Poemas de calles para un pez luna

Carta flotante nº 1

               Gotas lentas, sordas lentas,

               quietas gotas, golpes raros

               de tu nombre en mi tejado.

               Tu mirada en cada esquina.

               Un arder de callejones

               es mi cama. Raros golpes.

               Quietas gotas en mi boca,

               gotas lentas. Si te llamo

               una trampa es el pasado.

               La mirada es sorda y lenta.

               Cuánto fuiste. Te he perdido.

               Yo soy mi peor castigo.

Anémona

 

               Aquí entre las horas peces

               salpican segundos

               de escamas de mano en mano

               como trampas

               tras trabas trabajos

               como trampas

               vivos

                        vamos.

                                    Vi

               calabozos diluidos

               idos

               locos

               aquí entre las horas peces.

El bosque

               El bosque cruzas.

               El bosque está en mis ojos.

               El bosque arde.

                         En la tumba de Arthur Gordon Pym

               Junta dedos y manos.

               Nada de lo que ves es cierto.

               Ni aquella catarata blanca

               que cae del cielo.

               Ni esa mirada negra

               que respira del mar.

               Junta dedos y manos.

               Ni tu antebrazo es cierto.

               No lo son ni tus hombros ni tu pecho.

               Ni el rostro de tu cuerpo es cierto.

               Junta dedos y manos.

               Sólo ellos son reales

               a punto de caer sobre el vacío.

El tren fantasma

               A mi lado en el tren, un asiento vacío.

               Junto a mí, un vestido tuyo.

               Le pongo tu cabeza. Lo relleno

               de periódicos tristes.

               Y lo siento a mi lado con peluca.

               Eres este muñeco.

               Eres tu peor parte

               para los pasajeros.

               Te miro, te reprendo.

               Vuelves los ojos

               y los pones en blanco.

               Y explota nuestro mundo que te puse

               por cabeza.

VII

 

El muerto avisa en su vestido.

Su piel contra la tela busca cárcel.

Se cierran las persianas.

Pasea.

El muerto avisa en las ciudades.

 

El muerto está en la orilla.

Hay pies que le rodean,

pateras en la espuma.

Hay cangrejos que indagan los centros comerciales.

Y una tortuga vende a un policía

chalecos antitiempo.

El muerto tiene prisa de que le saquen fotos

que no ardan en el fósforo del megacementerio.

 

Hay dados en tu mano y el muerto te vigila.

Los tiras al vacío y el muerto te comprende.

La caja los registra contra el muro, al contado.

Y vamos a la nada por caminos de todo.

 

El muerto lee los libros del pasado,

talla en los bosques troncos de palabras

y las letras son sólo cortinas en el viento,

otra barca que escapa, otra isla que engaña

un olor de tesoros temblando en la maleza.

Otra ciudad camina por las calles

con ojos como gotas que roen el fregadero.

 

El muerto compra aquellos ascensores

que siempre le regalan los botones de stop

y trabaja pegando carteles con tu nombre

para que tú te busques, te entregues y te cobres.

 

Hay ríos y hay un puente con pilares de piedra

que ahondan su destino en un tiempo profundo.

La corriente se lleva un deseo de peces

y el muerto pesca prisa con anzuelos tan lentos

que nunca recupera todo el tiempo perdido.

 

Si quema los rastrojos de los campos

se le incendian los bosques del olvido.

Si el muerto se emborracha, le queman los gusanos,

porque aún no conoce la palabra precisa

para enlazar tu mundo con tu muerte.

 

Quizá si los caballos espolea del aire

es para respirar en el galope,

es para comprender al trote.

Para sobrevivir al paso.

Quizá salta una valla y se cae en el barro

y le modela Dios, con sed, sin alma.

 

Lo mira el pájaro, muy lejos, solo,

vareando las ramas como el viento,

recogiendo un esfuerzo de aceitunas.

Y por los surcos del sembrado corre un agua

que no ha dejado de venir eternamente

de los lodos de la creación, de albercas

en donde los dioses son algas.

 

El muerto usa una azada:

su sombra

con la que busca el alba en el crepúsculo.

El muerto usa un tractor:

sus dientes

con que siega gargantas del deseo.

Son los largos trigales bajo el sueño.

Son los hombres que tallan en las piedras

sus armas, sus palabras y salarios.

El muerto usa una pala

con la que entierra el mundo.

 

Tiene un amor el muerto

y le envía las flores de su sangre.

Y su amor bebe rojos los abrazos y ríe,

y se lava las manos en la fuente:

una toca los peces contra el tiempo,

otra busca monedas

que arrojaron los sueños de los otros.

 

El muerto nunca resucita,

mira absorto la luz que deja atrás.

Se crucifica en cruces de caminos pasados.

Lo anduvo en mal morir,

en dejarse matar,

en matar lo que pudo.

 

El muerto tiene periscopios

y espía las familias en sus barcas.

No hay remos sino días,

no hay días sino anémonas tendidas

en las rutas de todo viaje.

Y hay un pez predador en tu mirada.

 

Nada un pez luna toda la ciudad.

En su ojo fosforece tu vacío.

Acaricia su aleta los espacios que fuiste.

Enfría su barriga tus huellas más recientes.

Acerca su pupila

a semáforos verdes

y se ilumina con el fantasma de tus pasos.

El semáforo cambia a rojo

y el pez luna se aleja al callejón de nada

donde suenan las leyes,

los himnos, los jadeos

que hicieron a los hijos quemando calorías.

 

Hay muertos muy delgados

en los montones de basura.

Hay otros gordos en las grandes avenidas

que fueron disecados como momias o alimañas.

Hay águilas arriba,

sobre los miradores de planetas.

El pez luna las mira

y se escabulle en tu memoria.

 

Busca tu corazón para escaparse,

el ritmo muscular de tu latido,

para fluir por tu sangre,

para esconderse por tus células,

para abismarse por tus genes,

y bailar en tus átomos

y nadar en la nada

y nadar hasta el fin,

hacia ninguna parte,

libre aún, poderoso, malperdido.

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