Publicado originalmente en la 142 revista cultural Nº 26 , julio-septiembre 2025.

El siglo de la fragmentación

«Nada es sino como se recuerda, decía Valle-Inclán, acordándose de Platón y su idea de la reminiscencia. Venimos al mundo con toda la sabiduría incorporada en algún rincón de nuestro olvido, y el único viaje que merece la pena en esta vida es aquel que nos lleva a desconocernos menos.

Sin embargo, vivimos al contrario, lanzados furiosamente a un desconocimiento cada vez más abismal de nosotros mismos y de la realidad, tanto del individuo como de la colectividad de la que formamos parte. Al menos, en ese aquí que con orgullo llamamos Occidente. Incluso, en eso que llamamos Humanidad, como si fuéramos los representantes legítimos de este planeta.

No solo somos uno más entre miles de seres, sino, obstinadamente, uno menos; entre esos miles sin contar la materia viva que se expande en el universo infinito, en dimensiones impensables y solamente imaginadas por la física cuántica y por la mística.

El ser humano: uno menos, pues vive contra sí mismo y contra el planeta que destruye con tesón y al que últimamente ha añadido esa red invisible de conexiones por satélite y 5 g que va cuadriculando los territorios para conectarnos con la tecnología al mismo tiempo que nos desconecta cada vez más de la realidad.

Toda materia está viva en su energía y nosotros estamos empeñados en verla muerta, en cosificarla y llenarla de datos para ese «Internet de las cosas», como si no estuviese llena de su propia esencia: de sus datos reales, de su luz condensada. La utilidad, la acaparación, el consumismo, la fragmentación, el imperio absolutista de las radiaciones. Todos son vehículos de muerte.

Los humanos, según el mito, fuimos amasados con las cenizas de los Titanes, una vez que estos fueron destruidos por Zeus. Era el castigo del padre cuando los Titanes desgarraron a su hijo Dioniso aprovechando, que distraído, se contemplaba en un espejo. Dioniso, la vida indestructible e incesante, la conexión radical con la existencia, fue devorado por los monstruos que solo querían deglutir y acaparar y fragmentar. Y el espejo en que se miraba el dios fue roto en incontables pedazos.

Cuenta Plotino que los destellos de aquella divinidad reflejada en los cristales vinieron a habitar los cuerpos humanos, un destello, un alma que, como Ulises en su viaje, siempre anhela regresar a Laertes, el Padre, y a la Unidad, Ítaca. Pero, incluso en los raros instantes en que conseguimos llegar, nos volvemos a distraer en el espejo de nuestros teléfonos móviles. Y los Titanes vuelven a despedazarnos. Y el ciclo recomienza en cada momento de una manera tan constante, tan multiplicada por cada ser humano en este planeta, que apenas hay tiempo de liberación, de ascensión, de recuerdo.

La humanidad actual se mueve en el placer de la disgregación y, paradójicamente, se acumula en grandes ciudades para seguir fragmentándose. No le ha bastado separarse de la naturaleza a la que pertenece con la misma rotundidad y humildad que un gorrión, un zorro o una hormiga, sino que se ha concentrado en urbes de millones de personas donde, aunque parezca imposible, se empeña en permanecer separada de sus congéneres, a fuerza de un individualismo generalizado donde se exalta el interés personal por encima de cualquier sueño colectivo -los sueños colectivos que prosperan son tecnológicos- y, por descontado, excluyendo casi por definición a lo que no es humano, es decir, al planeta al que pertenece.

Porque la Tierra no es humana en exclusiva, ni de lejos. Pero los humanos sí somos la Tierra aunque no lo sepamos y por mucho que nos empeñemos en ser máquinas, y en inventar abejas robot para sustituir a las reales que mueren en la malla de radiaciones que emiten millones de dispositivos y repetidores.

El colmo evolutivo de los últimos 25 años ha sido el desparrame de nuestra conciencia y de nuestra atención en un sucesión imprevisible de comunicaciones multilaterales que afectan a todas las áreas de la vida a través de cualquier herramienta digital. Nuestro tiempo y espacio se han disgregado completamente como aquel espejo de Dioniso. Los hemos relegado a la voluntad de un algoritmo y también a cualquier comunicación del otro. Somos trabajo a destajo, como aquellos campesinos que se volvieron anarquistas a finales del siglo XIX, explotación de nosotros mismos, distracción estratificada.

El siglo XXI es el siglo de la dispersión. El siglo XXI es el siglo en el que el ser humano se ha abandonado a sí mismo a cambio de la innegable utilidad de la tecnología que, además de una ayuda, es un señuelo cambiante, atractivo, cómodo, consumista, depredador de recursos naturales, dechado de soluciones, y sin embargo culmen de las trampas. Es el siglo de la fragmentación, incluso de las ideas y de las identidades, cada una constituida en un aspersor de convicciones monolíticas dispuestas a consolidarse a través del enfrentamiento, olvidando que solo el diálogo y la aceptación del otro apuntala la evolución de las sociedades. Al otro lado, está latiendo una confrontación inevitable.

Nuestros smartphones nos ayudan a difundirlas, ideas e identidades, y nos acompañan en la vida como aquel monolito que Kubrick soñaba como el futuro de la humanidad. Acertó de pleno. El monolito no era un túmulo extraterrestre sino un smartphone de última generación, que de todos modos pronto será sustituido por aparatos más sutiles: gafas o lentillas  o chips conectados a nuestras redes neuronales. Kubrick también vislumbró la Inteligencia Artificial en aquel ordenador de abordo llamado Hal que trataba de independizarse de lo humano a base de razonamientos binarios. Pero aquel comandante de la nave solo se dio cuenta de que tenía que luchar por aquella conciencia que había delegado a la máquina cuando ya era demasiado tarde. Así ya nos pasa a nosotros. Estamos fuera de tiempo. El siglo XXI podría ser recordado -en el caso de que la humanidad siga recordando- como aquel en que definitivamente destruimos nuestra conciencia y la separamos de la esencia del ser humano a fuerza de dispersarla en el mundo virtual.

Vamos por la vida como si llevásemos cepos dentados en el bolsillo. Como aquellos que se usaban para cazar arteramente a los lobos, nos acompaña un dispositivo que cercena los miembros de nuestro ser interno y nuestra capacidad de recordar quiénes somos, nuestra capacidad de concentrarnos en el presente.

El presente tecnológico supone una interrupción constante de nuestra atención en demanda de un futuro que ya viene estresado de fábrica. Todo ahora es siempre para un futuro urgente. Y cuando ese futuro llega, enseguida ya ha demandado uno posterior, que se ha multiplicado como las esporas en redes sociales y tareas, en mensajes de textos y de voz. Estamos siempre un paso fuera de nosotros mismos. Pensamos que estamos vivos, cuando en realidad hemos matado nuestro presente, que es lo único que tenemos.

Si suena demasiado dramático, es porque hoy sucede de manera casi totalitaria. Pero, por supuesto, se puede vivir de otra manera. Buscar espacios de desconexión diaria, tan necesarios como el ejercicio físico, la ducha o la meditación. Así aprovecharemos también, con atención plena, las fabulosas ventajas laborales y comunicativas que nos proporciona la tecnología.

Paseando por un camino de tierra, me encuentro las flores fugitivas que trae esta primavera después de una lluvia que nos hace soñar con una España sin sequía y verde como Irlanda. Incluso estas flores, que viven unos días apenas, duran más que una conciencia sin quietud y entregada a la disgregación de este siglo. Y me hacen anhelar la belleza de un ser que se recuerda a sí mismo aunque sea una sola vez en el ocaso.»