Autor: Ernesto Pérez Zúñiga (Página 10 de 11)

El de vivir más ardiente. Mínima introducción al jazz

Publicado originalmente en  El rapto de Europa

El de vivir más ardiente. Mínima introducción al jazz

  

El jazz es una vibración musical de tal intensidad que, cuando uno tiene la suerte de encontrársela en un momento clave de la vida, se convierte en una suerte de despertador-refugio. Imaginemos un enorme despertador de los antiguos, en el que podemos entrar por una portezuela trasera y, allí, bajo de la rueda del tiempo, hay un escenario donde están tocando cuatro músicos con una libertad que uno no ha visto hasta el momento. Sentimos la calidez de la penumbra. Pero, sobre todo, algo casi inexplicable se está despertando en nuestra caja torácica, donde resuena lo que ocurre en el escenario. Aquellos músicos van sacudiendo las telarañas que teníamos hasta entonces en el pecho. Las normas, las dudas, la desazón, la rabia, se derrumban en la velocidad de los dedos en el piano, en los brincos alados del saxofón, en ese ritmo magnético que marcan la batería y el bajo. Ah, entonces en esto consistía vivir, se dice uno. Ah, entonces uno estaba muerto hasta ahora. Mientras esta música siga sonando. Mientras que, incluso cuando ha callado, sigue meciendo nuestro silencio cuando caminamos por la más solitaria de las calles.

 

A mí me ocurrió al final de la niñez. Me gustaba coleccionar fascículos de los quioscos: un álbum de barcos que no me llevaron a ninguna parte, fichas sobre animales que me animaban a escapar de la ciudad donde vivía. En esos días apareció una colección de jazz. Me hice con los primeros discos de Louis Armstrong, Duke Ellington y Lester Young. Giraban en el equipo de música y yo no podía creer cuánta curación emanaba de aquel jazz, incontables emociones y pensamientos musicales, pero sublimados en una corriente de eléctrica belleza en la que el cuerpo, sin que uno le ordenara nada, comenzaba a moverse. Uno se inicia en el balanceo del swing, un balanceo que fuerza la voluntad a encontrase, quizá por primera vez, con uno mismo. El swing obliga a decir sí, como la Molly Bloom de Joyce, un sí rotundamente natural a la vida, que nace en los dedos que tamborilean sobre el pantalón, y en la pierna que se mueve sola. Porque aquellos viejos discos grabados en los años 30 han creado un canal directo entre nuestro cuerpo y nuestras emociones, después de enrojecer, calentándolo, el punto central de nuestra diana interna.

 

Pero el swing es solo el principio. El jazz es la búsqueda que nace del swing y está centrada en el desarrollo de la intimidad y del conocimiento a través de la investigación de un instrumento sobre infinitas variaciones rítmicas y armónicas. El piano de Monk o  el saxo de Charlie Parker son vehículos intensos de la búsqueda de uno mismo a través de la música. La historia del jazz se escribe con las páginas que buscadores de una creatividad casi inconcebible han abierto en este camino: Miles Davis, Charlie Mingus, Eric Dolphy, Mal Waldron, Cannonball Addlerdey, Dexter Gordon, Horace Silver. Algunos de ellos, como John Coltrane llegaron muy lejos en esa búsqueda. Tan lejos que se convirtieron en auténticos mediums de energías sobrehumanas, de una espiritualidad envolvente que, en la música, se transformaba en un torrente de sonidos y armonías casi imposibles de concebir a priori salvo por aquellos genios que se iban alimentando unos a otros. Muchos de ellos tocaron juntos. He dicho que su búsqueda era solitaria. Tan solitaria como el arte verdadero puede ser. Pero se realizaba, se recreaba, se acababa construyendo en común. Como si en el escenario, milagrosamente, se fueran apareciendo las piezas de un solo edificio armónico y nunca visto gracias a la integración de lo que van diciéndose cada uno de los instrumentos, cada una de las búsquedas hasta construir algunas de las maravillas del mundo. Afortunados los que pudieron escuchar en directo los conjuntos que grabaron A Kind of blue, quienes presenciaron The night of the cookers o estuvieron con Thelonius Monk en el Five Spot.

 

Solo al escribir los nombres de estos músicos parecen deshacerse en la boca como un imposible azucarillo de amargura. Porque la mayoría de ellos tuvieron un destino trágico o murieron jóvenes en esa búsqueda que la vida trufó con drogas, pobreza o discriminación racial. El jazz es también la historia del derecho a ser de una raza maltratada por los blancos hasta nuestros días. Y todos esos impulsos reunidos han ido creando, a juicio de muchos, la música más interesante de nuestro tiempo. Como dice Geoff Dyer, en uno de los libros más hermosos que se ha escrito sobre la historia del jazz, But beautiful, “ninguna otra forma de arte investiga con tanto ahínco la famosa distinción de T.S. Eliot entre lo que está muerto y todavía sigue con vida”.

 

El jazz nos galvaniza, nos sacude, nos despierta, se descarga en nosotros y nosotros en él, porque el jazz también se hace de quien lo escucha. Necesita de los pabellones auditivos de la gente que se sumerge en él en directo o en su casa. Las ondas que rebotan en nuestra carne y vuelven a los dedos del pianista, que a su vez escucha lo que dice el bajo, que escucha el bambú de la batería, que escucha el viento del saxofón, que escucha a las estrellas que se deshacen en una tromba de luz invisible que atraviesa nuestro interior.

 

Nadie me ha acompañado tanto. Desconocidos a quienes conozco mejor que a un hermano. Como si aquello que llamamos Dios fuera capaz de sollozar dentro de uno y unir en un solo canto de felicidad y desdicha a todos los seres humanos. Saint John Perse escribió sobre los pájaros: “Entre todos nuestros hermanos de sangre el de vivir más ardiente”. Lo mismo se puede decir del jazz. No en vano, Bird fue el verdadero nombre de Charlie Parker.

 

Sollozaba. Y no sabía que quería decir: gracias.

 

Ernesto Pérez Zúñiga

El vacío creador

Publicado originalmente en El rapto de Europa. Núm. 31

Junio 2016

 

Fotografía de Lisbeth Salas

El vacío creador

Ernesto Pérez Zúñiga

 

Medito todos los días. Una vez al despertar. Otra antes de desaparecer en el sueño. Desaparecer es ir al vacío de ser consciente. Porque, paradójicamente, cada vez soy más consciente de lo que sucede durante las horas de sueño. El vacío es el lugar del nacimiento. El vacío no existe. El vacío está lleno.

     No soy especialista en la meditación. Medito siempre que puedo. Caminando. Sentado en un café. No medito cuando converso con alguien por educación, pero intuyo que meditar juntos sería el mejor inicio para un diálogo perfecto.

     Aprendo mucho de los buenos textos sobre meditación, como los que hemos reunido en este número de El rapto de Europa, con algunas de las personas más solventes en nuestro país para hablar de ello.

     Para mí, meditar es ir descendiendo al vacío. Para hacerlo, me resulta necesario darme cuenta de cada una de las capas que lo cubren. La información de cada uno de los cinco sentidos. Luego, las emociones, los anhelos, las intenciones. Las observo. Después, el río del pensamiento. Oigo cómo suena. Me siento junto a él. Lo dejo marchar. Entonces, comienza eso que parece vacío, y donde se puede seguir profundizando a voluntad. Porque, en mi experiencia, solo se queda despierta la voluntad de permanecer atento.

     Es obvio que entonces podemos reencontrarnos con el sol, desde la ventana de nuestra casa. El sol es el centro del sistema en el que estamos girando como habitantes de este planeta. Giramos en torno a él a la vez que en torno de nosotros mismos. El sol hace en nosotros como las manos en la cerámica. Nuestra carne pertenece al sol-ceramista y giramos en su torno. Lo podemos convocar en el interior de nuestra conciencia. Hacer que nos inunde. Imaginar que nosotros nadamos en él como en una piscina y, después, regresar, fulgurantes, a nuestro cuerpo.

     El vacío, el despojamiento, es creador. Al desvestirnos, nos funde con el otro. Al descascarillarnos, nos convierte en lo que ya éramos: el resto del mundo. El universo nos puebla (mejor, dicho nos damos cuenta de que ya nos poblaba). Se hace elástico dentro de nosotros. Diminutos, abarcamos su grandeza. Porque descubrimos que somos su identidad. Fragmentos que viven la ilusión del solipsismo. Ciega y enérgicamente.

     En el vacío tocamos todos los seres. El vacío es como el cobre para la electricidad. Permite la conexión entre todas las posibilidades de pensamiento y acción. En efecto, nada humano nos resulta ajeno. El vacío es una máquina de empatía.

     Para un escritor, la página en blanco es el vacío.

Ernesto Pérez Zúñiga, con Pepe Habichuela e Inma Chacón, en Poemad.

«Pero, de pronto, el viento». Poemad. IV Festival de Poesía de Madrid, organizado por la editorial Musa a las 9, se celebró los días 17 y 18 de octubre de 2014 en el Centro Cultural Conde Duque.

Ernesto Pérez Zúñiga, con Pepe Habichuela e Inma Chacón, en Poemad. III

«Pero, de pronto, el viento». Poemad. IV Festival de Poesía de Madrid, organizado por la editorial Musa a las 9, se celebró los días 17 y 18 de octubre de 2014 en el Centro Cultural Conde Duque.

Ernesto Pérez Zúñiga, con Pepe Habichuela e Inma Chacón, en Poemad. II

«Pero, de pronto, el viento». Poemad. IV Festival de Poesía de Madrid, organizado por la editorial Musa a las 9, se celebró los días 17 y 18 de octubre de 2014 en el Centro Cultural Conde Duque. 

 

Ernesto Pérez Zúñiga, con Pepe Habichuela e Inma Chacón en Poemad. I

«Pero, de pronto, el viento». Poemad. IV Festival de Poesía de Madrid, organizado por la editorial Musa a las 9, se celebró los días 17 y 18 de octubre de 2014 en el Centro Cultural Conde Duque.

Campo de batalla, de Ernesto Pérez Zúñiga

Recital «71/Modelo para armar». Poemad. III Festival de Poesía de Madrid, organizado por la editorial Musa a las 9, se celebró el 26 de octubre de 2013 en Casa de América.

 

Presentación en la librería Laie de Barcelona de «La fuga del maestro Tartini» (Alianza Literaria, 2013) de Ernesto Pérez Zúñiga, acompañado por Ignacio Vidal-Folch. Barcelona 10 de octubre de 2013

La bohemia que se quedó sin río

 Chulapos mambo

Juan Carlos Méndez Guédez

Casa de Cartón, Madrid, 2011.

El escritor venezolano Juan Carlos Méndez Guédez. /Fotografía de Vasco Szinetar

Publicado originalmente en la revista digital Fronterad.

La bohemia que se quedó sin río

Las últimas novelas del venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, afincado en Madrid, se vienen caracterizando por una lúdica atención a nuestro mundo urbano más contemporáneo y, en concreto, a las nuevas formas de convivencia que se ha ido definiendo en España en los últimos lustros de emigración. Una tarde con campanas (2004) inició este camino con maestría, humor y lirismo, continuado después por Tal vez la lluvia (2009), dotada de una ironía mayor, melancólica, que nos lleva, un paso más allá, a este Chulapos mambo, desvergonzado, hilarante, brutal retrato sin piedad de tres personajes que reúnen lo peor de nuestra época. Se publica esta novela un siglo después de que Madrid se poblara de tantos escritores de  provincias peninsulares o de los países de ultramar, que fueron configurando esa bohemia en la que Alejandro Sawa acabó convertido en paradigma, no sólo por sustanciar al Max Estrella de Valle-Inclán, sino por escribir su propio testimonio en una novela como Declaraciones de un vencido, que recoge el gran portazo que la realidad de la capital dio a sus sueños de triunfo literario, como le ocurrió a tantos otros que se fueron convirtiendo en una suerte de pícaros de la literatura. Chulapos mambo, de pie en nuestros días, rescata situaciones que recuerdan las golferías de los modernistas que se pasean por las calles de Madrid en Luces de bohemia, y lo hace con un original homenaje estético a géneros que florecieron en aquel tiempo llevando, principalmente a los escenarios, el revuelto grotesco de aquellas aspiraciones y desesperaciones de ciudad: zarzuelas, sainetes, astracanes durante las primeras décadas del XX hasta el depurado género que fue cosiendo Valle-Inclán en los esperpentos. El  título de la novela de Méndez Guédez  nos da una clave en esta dirección al indicarnos con una paradoja la naturaleza guiñolesca de sus protagonistas: el chulapo, personaje típico de un Madrid de barrio que pasó del teatro a sus fiestas populares con una considerable dosis de artificio y de olor a bambalina. Y, en lugar del chotis y por aposición, el mambo, el ritmo caribeño que traen los nuevos soñadores de un triunfo que, hoy, al principio del siglo XXI, sigue siendo tan difícil como al principio del XX. Ya, desde este audaz título, Juan Carlos Méndez Guédez les otorga una categoría de marionetas del absurdo, que entroncan con las maneras de un Jardiel o un Mihura, rescatando más tradiciones hispanas, y acercándose a un género de novela cómica con valedores actuales como Tom Sharpe, en la literatura inglesa, o, en la española, como Eduardo Mendoza, Ignacio Vidal Folch o Antonio Orejudo. Sin embargo, la propia naturaleza de Juan Carlos Méndez Guédez, como autor hispanoamericano que vive en España y conoce muy bien las dos orillas del Atlántico, otorga a su forma satírica una visión única, entre cuyas fuentes hay que mencionar, desde luego, las narraciones picarescas que nacen del Lazarillo.

La trama de la novela se estructura a través de tres voces, correspondientes a la de los tres “chulapos” de nuestro tiempo. Simao, narrador en primera persona, es un inmigrante que ha llegado a España con su familia obligado por la necesidad de trabajo y de huir de un disparatado régimen político que recuerda, sin nombrarla, a la actual Venezuela. Simao es una suerte de pícaro ilustrado, a quien la necesidad obliga a vivir hacinado, a hacer el amor con su mujer delante de sus padres y de un omnipresente perro, y a ganarse la vida haciéndosela  imposible a una anciana a quien debe echar de su casa, para que las fuerzas inmobiliarias puedan actuar impunemente. Es el poder sin escrúpulos del materialismo de nuestro tiempo, encarnado por el segundo chulapo, Alejandro, un español que representa el sueño utilitario de la prosperidad: director de una marca de ropa con fábricas en países con obra de mano barata. Aficionado a los deportivos y obsesionado por el porno, recuerda al protagonista enloquecido de Dinero, de Martin Amis. El tercer chulapo, el chulapo mambo genuino, es Henry Estrada, un escritor hispanoamericano que viene a Madrid en representación de su propio país, a cambio de vasallaje político, y que decide quedarse en España con la misma idea que aquel Alejandro Sawa de la vieja bohemia: triunfar. Solo que, a diferencia de éste, Henry Estrada apenas ha escrito un libro todavía, empeño en el que pasará toda la novela, obsesionado con los autores del Boom, acosando a autores vivos como Bryce Echenique, Vargas Llosa, Muñoz Molina o Tabucchi, convertido en una marioneta cómica, una especie de míster Bean de la literatura, que esconde una afilada sátira contra la vanidad de los escritores y las modas literarias, o contra aquellas ingenuidades vendibles de algunos escritores que creen descubrir novedades, que encubren, más que nada, una falta de lectura. Hay episodios desternillantes en este sentido, como cuando Estrada descubre el Henrygrama, trasunto de los caligramas de Apollinaire, o escribe su novela junto a un crítico secuestrado que debe indicarle, bajo tortura, lo que se debe escribir hoy en día para vender mucho.

Los tres chulapos son guiñolescas representaciones de profundas enajenaciones de nuestra sociedad. Lo que en Alejandro es obsesión por el placer, en Simao es necesidad de supervivencia, y en Henry devoción absurda por la fama, a través de un arte que ha perdido su sentido: la escritura ya no es una búsqueda estética del mundo sino una sucesión de peldaños vacíos donde el ser humano sublima su más perfecto ridículo. Con estos personajes, Juan Carlos Méndez Guédez ridiculiza gran parte de los valores huecos  (otra vez los hombres huecos de Elliot) de las ciudades en que vivimos. Además, Simao y Henry concentran una crítica sin piedad  a las contradicciones de un poder político que acaba usando precisamente la falta de ética y la necesidad de supervivencia como poderosos instrumentos para convertir a los ciudadanos en marionetas perfectas.

Las tres voces presentan una escritura muy ágil, que incorpora con facilidad diferentes tipos de discurso y un repaso de técnicas narrativas, que sirven a su autor para hacer un homenaje a esos autores del Boom, a los que el personaje Estrada quiere imitar, a la vez que para elaborar una meticulosa ironía sobre diferentes tradiciones narrativas, y una autoironía establecida principalmente en el narrador omnisciente al que corresponde detallar las aventuras y desventuras del aspirante a escritor.

El conjunto de los personajes, y las peripecias que los interconectan, configuran un retrato despiadado y cómico de nuestro mundo, y del propio hecho de escribir sobre él. A la pregunta Shekesperiana del material sobre el que se hacen ciertos sueños, Méndez Guédez nos muestra con valentía cómo la gente de nuestro tiempo es capaz de convertirlos en un simple deshecho, en basura, o en todo caso en un simulacro de la realidad, que acaba sustituyendo a la realidad misma.

Es lo que ocurre con una de las últimas parodias del libro, situada en el río Manzanares, al que se acerca uno de los personajes con la idea mitificada de un glorioso suicidio, como el de Celan en el Sena. Pero el propio río, por su ínfimo tamaño, por su carácter suburbial, es una broma de sí mismo, una parodia de río mayor, por lo que hasta la dignidad de la muerte es una idea absurda. Aquí uno vuelve a pensar en Mihura o en Ionesco, vestidos en un carnaval con guirnaldas de fiesta terminada. La vieja bohemia vino a Madrid en busca de un triunfo inexistente. Ha regresado en un nuevo principio de siglo, lleno de los atractivos espejismos que hemos elaborado durante cien años, y esta vez, por no conseguir nada, hasta se ha quedado sin río.

Como se dice en un momento de la novela, con belleza y desolación macbethianas: “Vivíamos en fragmentos, en pedazos. Cada pedazo tenía sentido por sí mismo y no guardaba continuidad con ningún otro.”

 

Ernesto Pérez Zúñiga

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