Publicado originalmente en Zenda. 

Ernesto Pérez Zúñiga

 

 

El peor de los dragones

Juan Eduardo Cirlot

Siruela, Madrid, 2016

 

La editorial Siruela nos viene regalando en los últimos años la publicación de la poesía completa de Cirlot en cuidados volúmenes repletos de algunas de las páginas más hermosas y desconcertantes de la poesía española del siglo XX. Y ahora, en un paso más, Siruela pone a disposición del lector esta antología, que concentra ese caudal tan fértil como escondido hasta hace poco. Elena Medel, autora del prólogo y de la selección de poemas, acierta plenamente al señalar numerosas claves de la obra de Cirlot (imaginación, simbolismo, música, independencia, “una escritura fuera de lugar en la España de posguerra”), y en el criterio para escoger sus textos: “el rigor en el lenguaje, el vínculo entre imagen y palabra, el juego mismo con la imagen, el desafío del poema extenso”.

     Nos encontramos por fin ante el paisaje esenciado de un poeta  que, si bien ha permanecido entre brumas durante décadas, se ha convertido para muchos en una referencia indispensable. Incluso, al leerlo en esta antología, pensamos, como bien apunta Medel, que se trata de un poeta al que le espera otro futuro, un clásico de un tiempo que todavía habrá que adivinar. En efecto, si los poemas de Cirlot fechados en la década de los cuarenta parecen haber sido escritos ayer mismo, todo el ciclo de Brownyn propone una investigación poética que abre caminos para otros.

     Ya desde sus primeros libros, Cirlot sabe que el poeta es un “exhumador de un mundo antes irredento”, y que la poesía es traer al lenguaje, gracias al poder de la imaginación, lo que está esperando detrás de los velos. “Todo conspira para fingir que existe”, dirá Cirlot en el ciclo de Brownyn, en el que aplica definitivamente la técnica de la permutación que había aprendido en la música de Schönberg, y que consiste en realizar variaciones fonéticas e, inevitablemente, semánticas, en la búsqueda de un sentido (“Brownyn, tu corazón es el Graal”) que está a punto de aparecer.

     Filósofo y metafísico en muchos de sus textos (“hay que estar en algo sin perder el todo”, escribe en uno de sus aforismos), Cirlot parece concebir su poesía como un laboratorio que busca el sentido de la realidad y también el ritmo que esta realidad conforma en el espacio del lenguaje. La poesía logra que aparezca lo invisible, y que la intuición de una imagen cobre significado a través de la palabra. De todo ello, Bronwyn conforma el mejor ejemplo. El personaje encarnado por la actriz Rosemary Forsyth en la película El señor de la guerra se convierte durante años en la musa activa de Cirlot: imagen de la amada platónica e inalcanzable, pero también inspiración irónica del mundo contemporáneo donde la belleza se resbala ante nuestras manos. Y, sin embargo, paradójicamente, esa musa mítica, que encubre una mentira, es fuente de creación continua; como si la masa de las estrellas viniera de un agujero negro. “La vida”, dice Cirlot: “una música que crea esculturas que, por seguir siendo música, se desarrollan, culminan, cambian, decaen, cesan”.

     Cirlot es un nihilista visionario, un iniciado oscuro que, sumergido en las tinieblas del ser, sabe traer a sus lectores fragmentos de fulgurante luz. “Un arcángel murió cuando nací/ y me dejó un palacio en el espacio”, dice en un poema de 1971. Sus lectores nos asomamos con asombro a sus salones terribles y musicales, donde las figuras engastadas en sus paredes van permutando de posición al ritmo que marcan sus versos. Parece que Cirlot y nosotros vamos a descubrir, en su poesía, una verdad inmutable. “Y es que el ángel, en mí, siempre está a punto de rasgar el velo del cuerpo (…), el ángel es el peor de los dragones”.

     De aquí nace el título que Elena Medel ha elegido para su antología de Cirlot, de quien traza una coherente y apasionante biografía poética. Me parece una magnífica idea que la termine antologando un poema sin fechar: Un episodio de la Guerra de las Galias. En él, alguien cuenta su propia muerte en una de las batallas de César, como si Cirlot, que en un texto afirma: “sé que me espera la nada”, vislumbrara a veces, en un parpadeo, como el viajero encarcelado de Jack London, las imágenes de su propio ciclo de reencarnaciones: “Me vi lleno de heridas y de muerte./ Lleno de soledad y de silencio”.

     Con esta antología, ese silencio se aleja en el tiempo. Juan Eduardo Cirlot, muerto en 1973, se ha encarnado en sus palabras. Su poesía se ha impreso para quedarse en nuestra memoria y para inspirar imaginaciones venideras. Está sobrada de aciertos y de hallazgos. El desconocimiento o la indiferencia que se abatieron sobre ella en el pasado quizá no fueron más que un accidente, aunque grave, si comparamos la obra de Cirlot con la de muchos de sus contemporáneos que constituyeron un canon. El propio poeta no pareció preocupado por este asunto, más bien consciente de que su tiempo era más poderoso que el de las circunstancias del momento. Escribió en un poema de de 1961: “Yo suelo dar limosna a los más ricos”. 

 

Ernesto Pérez Zúñiga