Categoría: Ensayos (página 2 de 3)

Encadenados

Publicado originalmente en  Cuadernos hispanoamericanos

 ISSN 0011-250X, Nº 780, 2015págs. 46-49

Rafael Cadenas

 

Encadenado: Adj. Dicho de una estrofa: cuyo primer verso repite en todo o en parte las palabras del último verso de la estrofa precedente.

 

1. El verso es lo que menos importa. Según mi lectura de la poesía de Rafael Cadenas, se trata de un camino hacia el discernimiento. Este es el núcleo de su acción. La escritura poética es parte de ese camino, pero intuyo que hay un largo proceso de trabajo interior no escrito. En sus libros leemos el fruto de ese trabajo, lo que Cadenas alcanza a trasladar de su proceso interno de búsqueda.

 

“Lo que busca es regresar a una relación directa con el mundo y que la palabras sirva a esa relación”, afirmó Guillermo Sucre en su ensayo La máscara, la transparencia.

 

La trasparencia es una voluntad ética que se convierte, de manera natural, en parte de la estética de la obra de Rafael Cadenas. Son numerosos los fragmentos que aluden directamente al despojamiento de la retórica literaria, y de todo aquello que pueda ser falso en la palabra poética. El despojamiento estético sería el fenómeno, en la escritura, paralelo al discernimiento mental.

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El oro de Ory

Por Ernesto Pérez Zúñiga

Publicado originalmente en Campo de Agramante

ISSN 1578-2433, Nº. 23, 2015 

(Ejemplar dedicado a: Homenaje a Carlos Edmundo de Ory (1923-2010)), págs. 23-27

El oro de Ory amerizó en la poesía española como un bólido en el aburrimiento.

 

No digo palabras, hago palabras, afirmó Carlos Edmundo de Ory en uno de sus aerolitos, glosando el lema creacionista de Huidobro: “Poetas, no cantéis la rosa. Hacedla florecer en el poema”.

 

Aerolito: piedra aérea. En sus aerolitos, Ory sintetiza el lapis de los filósofos y la piedra de la llamada locura. La alquimia de Ory transforma los cuatro elementos hacia su esencia poética.

 

Me interesa menos la belleza que la energía, dice. Ciegos son aquellos que no ven lo invisible.

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Confesión a Cervantes

Por Ernesto Pérez Zúñiga

Publicado originalmente en  Cuadernos hispanoamericanos

ISSN 0011-250X, Nº 791, 2016págs. 51-56

 

 

Al modo de San Agustín te diría magno eres, Cervantes, y sumamente laudable, magna tu virtud y tu sapiencia innumerable, si no hubieras sido uno de los escritores más desdichados de los que he tenido noticia. Magnos han sido mis defectos, me contestas, y numerosa mi ignorancia, que abarca la distancia que comienza en esta tierra y se eleva hacia los espacios. Así somos, maestro raro, te insisto, pequeños seres que llenan de preguntas el mismo horizonte hecho a su medida. Pero, sabiendo cuánto desasosiego nos une, ¿quiere alabarte un escritor cuatrocientos años más joven que tú, que sin duda forma parte de ti, pues lo soy de tus lecturas, y no solamente de ellas, como se verá? ¿Y precisamente un escritor, revestido de un obra muy inferior a la tuya, que lleva consigo demasiadas páginas escritas que anhelaron estar a tu altura? Con todo, quieren alabarte los escritores de nuestro tiempo, pues somos parte de tu creación. Tus páginas nos han alimentado como si nos hablaran desde otro mundo que iba incluyendo el nuestro. Tu imaginación ha conformado la nuestra, como las figuras temblorosas que proyectaba la hoguera de Platón en la caverna.

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Ya que los jóvenes callan

Por Ernesto Pérez Zúñiga

Publicado originalmente en Zenda

 

Ya que los jóvenes callan, habrá que seguir dejando hablar a Valle Inclán. En un mundo literario que tiende a estar dormido, a plantar semillas hueras con los libros, a convertirse a sí mismo en espectáculo de un día o de un año, reconforta una y otra vez leer las palabras del maestro. Declaraba en torno a 1930: “Voy a publicar el próximo mes de marzo una obra contra las dictaduras y el militarismo (…). Ya que los jóvenes callan, es cuestión de que lo hagan los viejos por ellos.”

     Lo recoge la maravillosa publicación que la Biblioteca Castro dedica a las Obras completas (V, Teatro y poesía) de Valle Inclán, en la ejemplar edición de Margarita Santos Sanz. Qué gozo leer los trabajos introductorios a cada una de las obras que recoge este volumen, tan eruditos en los contextos históricos como eficaces al desenterrar las claves creativas. Pero, sobre todo, qué gozo recorrer, una tras otra, desde Divinas Palabras, a Martes de Carnaval, pasando por Luces de bohemia, las sendas que conducen a una de las cumbres de la literatura mundial del sigo XX y, desde luego, el Everest de la literatura española contemporánea. 

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Bárbaro Valle

Por Ernesto Perez Zúñiga

Publicado originariamente en Zenda

 

Leer el teatro de Valle Inclán, una obra tras otra, contemplando la evolución de uno de los mejores autores de la literatura universal, supone el disfrute paulatino de un personalísimo mundo de imaginación y lenguaje, una constatación continua de la alegría de ser lector.

     Se trata del volumen cuatro que la Biblioteca Castro dedica a sus Obras completas, en este caso el primero de los dos que concentran su producción teatral: la escrita entre 1899 y 1914, es decir, entre Cenizas y La cabeza del dragón, incluyendo la trilogía de Las comedias bárbaras (una de ellas, de 1923). Para un volumen posterior queda el teatro concebido por Valle-Inclán entre 1915 y 1936, año de su muerte y el de una España en tenguerengue que Valle comprendió de una manera única en sus esperpentos.

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El daimon flamenco

Por Ernesto Pérez Zúñiga

Publicado originalmente en alemán

Die Philosophie des Singens. Bettina Hesse (Hg.)

 

 1. La fuente que buscaba Monteverdi

No se puede encerrar a la fuente. Hay que saber escucharla. Llevarla a la voz y a los dedos. Así se hace y se ha hecho el flamenco. En el patio. En la tasca. En la plaza. En la lumbre. En el paseo solitario. En la fiesta. En el escenario. Solo hay que ver tocar a un guitarrista como Pepe Habichuela para comprobarlo. La cabeza del maestro se inclina sobre la guitarra. Los dedos se acercan a las cuerdas. Un silencio. Y la fuente suena.

     La fuente no tiene partitura. La han bebido los mayores, y estos la han entregado a sus hijos en una forma. Como vasijas de barro son los palos del flamenco: seguiriya, soleá, bulería o toná. No importa. Van de mano en mano. No se estudian, se viven (aunque también se estudien mucho). Pero sobre todo se trabajan. Desde la infancia. Trabajo de tocar y de cantar en cada uno de los ritmos que va imponiendo el día. Y la noche abierta. La noche sin reglas.

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El revólver de Onetti (con balas de Vargas Llosa)

El revólver de Onetti (con balas de Vargas Llosa)

Ernesto Pérez Zúñiga

Escrito con ocasión del congreso El canon del boom, organizado por la Cátedra Vargas Llosa, y Acción Cultural Española en 2012

 

Para Jonathan Blitzer

 

  1. Habitante

 

No recuerdo a otro autor que me marcara tanto, cumplida la mayoría de edad, como Juan Carlos Onetti. Tengo la sensación (y sé que la historia ha sido otra) de que fue el primer autor contemporáneo al que leí. Recuerdo el libro en las manos, en una librería de Granada, antes de comprarlo por las palabras del título, por aquello que avisté entre las páginas. Era una edición barata y estaba cerca de saber que Onetti iba a darme más que otra lectura. El mundo iba a estar en otro lugar que las calles que pisaba, cada vez menos adolescente, menos miedoso. No porque ese mundo no fuera válido, sino debido a la instauración de otro, paralelo, inventado por aquel escritor desconocido, y que iba a contaminar la dimensión del presente: convertirse en una manera de ser, más allá de las perpetraciones literarias.

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Prólogo de Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar, de José Balza

 

Prólogo a la última edición venezolana de Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar. José Balza.

 

Rastros

entre

Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar.

Ernesto Pérez Zúñiga

 

La obra narrativa de José Balza (1939, Delta del Orinoco) es de una precocidad asombrosa. Antes de los 30 años había escrito dos novelas de enorme solidez, Marzo anterior y Largo. Tendría 35 cuando se publicó en Caracas Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar, una llave maestra comparable con Percusión, su novela más citada hasta el momento, publicada en Barcelona, en Seix Barral, casi una década después. Quisiera que Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar se cite con la misma frecuencia a partir de ahora.

 

     1974. Esta es la fecha de su publicación. Tengo tres años. Doy mis primeros pasos mientras Balza la ha estado escribiendo. Al leer hoy la novela, sé que he crecido en ella. Es el bosque donde aprendo a caminar. No hay una espesura mejor. Profunda, pero llena de claridad.  Seguir leyendo

Prólogo a Cuentos de José Balza

Obedecer al río

Prólogo a Cuentos, de José Balza.

Editorial Paréntesis,  Sevilla, 2012

 

Como apartar una rama en la selva y, encontrar de repente, la ciudad futura. Así recibimos la publicación de esta colección de cuentos del venezolano José Balza, escritor imprescindible de la narrativa en español. No leerlo es perder. Y leerlo supone una experiencia plena: placer, alimento y una fusión con algo misterioso, mejor. Algo que está ya aquí y también acabando de llegar, quizá durante décadas: una literatura que llena el presente y, de manera circular, los precipicios del tiempo.

     José Balza, nacido en 1939 en el Delta del Orinoco, es autor de una amplia y cuidada obra narrativa y ensayística, que destaca por un número de cualidades raras en un mismo escritor: la impecable factura y sensualidad del lenguaje, la variada invención, la sutileza del pensamiento, la capacidad de amalgamar jugando estructuras y tramas, de proponer ritmos e inquietudes que  vienen de la experiencia, de los sueños o de otra dimensión que está en algún lugar invisible de la realidad. Todos estos elementos los reúne, por ejemplo, una sola novela, Percusión, publicada en España por esta misma editorial en 2010, después de la primera edición de Seix Barral en el 82.

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El de vivir más ardiente. Mínima introducción al jazz

Publicado originalmente en  El rapto de Europa

El de vivir más ardiente. Mínima introducción al jazz

  

El jazz es una vibración musical de tal intensidad que, cuando uno tiene la suerte de encontrársela en un momento clave de la vida, se convierte en una suerte de despertador-refugio. Imaginemos un enorme despertador de los antiguos, en el que podemos entrar por una portezuela trasera y, allí, bajo de la rueda del tiempo, hay un escenario donde están tocando cuatro músicos con una libertad que uno no ha visto hasta el momento. Sentimos la calidez de la penumbra. Pero, sobre todo, algo casi inexplicable se está despertando en nuestra caja torácica, donde resuena lo que ocurre en el escenario. Aquellos músicos van sacudiendo las telarañas que teníamos hasta entonces en el pecho. Las normas, las dudas, la desazón, la rabia, se derrumban en la velocidad de los dedos en el piano, en los brincos alados del saxofón, en ese ritmo magnético que marcan la batería y el bajo. Ah, entonces en esto consistía vivir, se dice uno. Ah, entonces uno estaba muerto hasta ahora. Mientras esta música siga sonando. Mientras que, incluso cuando ha callado, sigue meciendo nuestro silencio cuando caminamos por la más solitaria de las calles.

 

A mí me ocurrió al final de la niñez. Me gustaba coleccionar fascículos de los quioscos: un álbum de barcos que no me llevaron a ninguna parte, fichas sobre animales que me animaban a escapar de la ciudad donde vivía. En esos días apareció una colección de jazz. Me hice con los primeros discos de Louis Armstrong, Duke Ellington y Lester Young. Giraban en el equipo de música y yo no podía creer cuánta curación emanaba de aquel jazz, incontables emociones y pensamientos musicales, pero sublimados en una corriente de eléctrica belleza en la que el cuerpo, sin que uno le ordenara nada, comenzaba a moverse. Uno se inicia en el balanceo del swing, un balanceo que fuerza la voluntad a encontrase, quizá por primera vez, con uno mismo. El swing obliga a decir sí, como la Molly Bloom de Joyce, un sí rotundamente natural a la vida, que nace en los dedos que tamborilean sobre el pantalón, y en la pierna que se mueve sola. Porque aquellos viejos discos grabados en los años 30 han creado un canal directo entre nuestro cuerpo y nuestras emociones, después de enrojecer, calentándolo, el punto central de nuestra diana interna.

 

Pero el swing es solo el principio. El jazz es la búsqueda que nace del swing y está centrada en el desarrollo de la intimidad y del conocimiento a través de la investigación de un instrumento sobre infinitas variaciones rítmicas y armónicas. El piano de Monk o  el saxo de Charlie Parker son vehículos intensos de la búsqueda de uno mismo a través de la música. La historia del jazz se escribe con las páginas que buscadores de una creatividad casi inconcebible han abierto en este camino: Miles Davis, Charlie Mingus, Eric Dolphy, Mal Waldron, Cannonball Addlerdey, Dexter Gordon, Horace Silver. Algunos de ellos, como John Coltrane llegaron muy lejos en esa búsqueda. Tan lejos que se convirtieron en auténticos mediums de energías sobrehumanas, de una espiritualidad envolvente que, en la música, se transformaba en un torrente de sonidos y armonías casi imposibles de concebir a priori salvo por aquellos genios que se iban alimentando unos a otros. Muchos de ellos tocaron juntos. He dicho que su búsqueda era solitaria. Tan solitaria como el arte verdadero puede ser. Pero se realizaba, se recreaba, se acababa construyendo en común. Como si en el escenario, milagrosamente, se fueran apareciendo las piezas de un solo edificio armónico y nunca visto gracias a la integración de lo que van diciéndose cada uno de los instrumentos, cada una de las búsquedas hasta construir algunas de las maravillas del mundo. Afortunados los que pudieron escuchar en directo los conjuntos que grabaron A Kind of blue, quienes presenciaron The night of the cookers o estuvieron con Thelonius Monk en el Five Spot.

 

Solo al escribir los nombres de estos músicos parecen deshacerse en la boca como un imposible azucarillo de amargura. Porque la mayoría de ellos tuvieron un destino trágico o murieron jóvenes en esa búsqueda que la vida trufó con drogas, pobreza o discriminación racial. El jazz es también la historia del derecho a ser de una raza maltratada por los blancos hasta nuestros días. Y todos esos impulsos reunidos han ido creando, a juicio de muchos, la música más interesante de nuestro tiempo. Como dice Geoff Dyer, en uno de los libros más hermosos que se ha escrito sobre la historia del jazz, But beautiful, “ninguna otra forma de arte investiga con tanto ahínco la famosa distinción de T.S. Eliot entre lo que está muerto y todavía sigue con vida”.

 

El jazz nos galvaniza, nos sacude, nos despierta, se descarga en nosotros y nosotros en él, porque el jazz también se hace de quien lo escucha. Necesita de los pabellones auditivos de la gente que se sumerge en él en directo o en su casa. Las ondas que rebotan en nuestra carne y vuelven a los dedos del pianista, que a su vez escucha lo que dice el bajo, que escucha el bambú de la batería, que escucha el viento del saxofón, que escucha a las estrellas que se deshacen en una tromba de luz invisible que atraviesa nuestro interior.

 

Nadie me ha acompañado tanto. Desconocidos a quienes conozco mejor que a un hermano. Como si aquello que llamamos Dios fuera capaz de sollozar dentro de uno y unir en un solo canto de felicidad y desdicha a todos los seres humanos. Saint John Perse escribió sobre los pájaros: “Entre todos nuestros hermanos de sangre el de vivir más ardiente”. Lo mismo se puede decir del jazz. No en vano, Bird fue el verdadero nombre de Charlie Parker.

 

Sollozaba. Y no sabía que quería decir: gracias.

 

Ernesto Pérez Zúñiga

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