Categoría: Ensayos (Página 1 de 3)

Brevísima poética

 

Un don muy concreto: el de convertir por primera vez en materia algo que estaba ausente, y cuya forma de presencia, repentina, emana fielmente de su impulso invisible.

 

Algo que estaba ausente o perdido desde el origen, algo que permanecía en los resquicios de lo evidente o al otro lado de la membrana de las apariencias.

 

Algo que destellaba  en la calle o en el confín de nuestro universo inconsciente o en el ojo del pájaro que se posa en nuestra ventana. Algo que echa a volar delante de nuestras narices todos los días y que el poeta sabe pescar al vuelo.

 

Pescar al vuelo. Pescar en el silencio. Pescar en el conocimiento inesperado del ser (que es uno y es otro y es el mismo ser multiplicado en una diversidad inagotable).

 

Y ser pescado también. El poeta es pescado por el poema. El poema obliga al poeta a escribirlo. Lo sienta, lo despierta, lo sacude. El poeta solo se sacude el picor del poema al escribirlo.

 

El poeta escribe novelas, compone música, pinta cuadros, fotografía, esculpe. No hay límite de géneros para el poeta. Solo cumple una condición: trae lo que no parecía existir antes de convertirlo en arte, y lo hace de tal manera que el resultado final no podía ser de otra forma. De hecho, esa forma es idéntica a la energía donde se depositaba aquel significado que esperaba ser descubierto.

 

Emoción o conciencia. Cada poema es un pequeño despertar para el poeta y para el lector de ese poema en concreto. 

 

El poema de palabras es un ser de la cabeza a los pies. Tiene rasgos únicos, personalidad, independencia, corazón, pensamiento, conciencia y alma. Le gusta (y es) una música determinada. Habla lo justo para morir en el intento de expresarse hasta el límite. Y, a la vez, sabe callar. Siempre se calla algo.

 

Gracias a ese silencio, surge un poema en cualquier otro lugar.

 

 

Atrapar el Sol

Publicado originalmente en el Papel Nacional de Venezuela, en 2010.

Sobre Combates, de Ednodio Quintero.

Atrapar el sol.

Por Ernesto Pérez Zúñiga

 

En mi primera noche en Mérida, sueño con que recorro la montaña a caballo, como si fuera un personaje de un cuento de Ednodio Quintero. Bajo del páramo que era una leyenda contada por él. Desciendo entre las altas laderas, como regresando por los años que hace que le conozco y que le leo. Sobre el pico del Águila queda una plaza de Madrid, donde le encontré como si él hubiera vivido en todas las ciudades y en todos los libros. Me regaló La danza del jaguar, desde entonces he viajado en esa danza.

     Hay escritores sin mundo, arquitectos de lo que inventan. Hay otros que despliegan en las páginas colinas, sueños y gentes, demonios inacabados, habitantes de un país interno que sólo puede pertenecer al que rige o es regido por él. Es el caso de Ednodio Quintero. Su literatura es única.

Vayamos a Combates, el primer volumen de sus cuentos completos que felizmente ya está publicando Candaya, que recoge textos escritos entre 1995 y 2000, divididos en tres partes, las dos primeras libros ya publicados: El combate, El corazón ajeno, y Últimas historias.

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La Ciencia platónica de Giuseppe Tartini

Para acceder a la publicación original pincha aquí.

La Ciencia platónica de Giuseppe Tartini

Ernesto Pérez Zúñiga

 

En la penumbra de su casa padovana, Giuseppe Tartini, el llamado Maestro de las Naciones, persevera en la escritura de su Ciencia platónica. Es muy viejo y ya no puede tocar el violín. En compensación, está tratando de reconciliar la naturaleza y el arte a través del dominio de las leyes del cosmos.

Escribe Tartini: “Es muy fácil que algún fabbro trabaje su pequeña parte mejor que el relojero hace la suya, pero no por ello es relojero, sino fabricante de ruedecillas y soportes”. Él no es astrónomo ni matemático, pero sí un intrépido lector que, además, ha permanecido siempre atento a los fenómenos de la Naturaleza y, en concreto, a los que se manifiestan en la música.

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Cuaderno O´Hara

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Jasper Johns (1930) y poesía de Frank O’Hara (1926-1966)

Cuaderno O´Hara

Ernesto Pérez Zúñiga

 

Alonso Quijano entrecierra mucho los ojos al conducir, debe ser casi ciego. Más viejo aún que su propio taxi, listo para el desguace. Envuelve la cabeza calva en un pañuelo rojo. Parece desconocer los caminos principales hacia Manhattan. Se aventura por un suburbio. Escoge una calle estrecha y, después de un centenar de metros, se arrepiente y da la vuelta. Cruzamos muy despacio ante rostros silenciosos que nos observan. Alonso Quijano baja la ventanilla, se le nota muy cómodo escuchando el blues de su emisora favorita. También a mí me gusta. Surcamos una carretera estrecha, junto a un puente en desuso. Espero el momento en que detendrá el auto para asesinarme, mientras escuchamos un poco más de buena música. Hay pocas opciones mejores en la vida.

 

Voy al New Yorker, donde me espera mi amigo Jonathan Blitzer. Las oficinas están en el One World Trade Center, el rascacielos más alto de la ciudad, construido sobre el cadáver de las Torres Gemelas, un símbolo del siglo XXI, la Freedom Tower, pero mi taxista es incapaz de encontrarlo. Se ofusca, me insulta. Pero a dónde crees que vas, maldito capullo, me dice. Que quieres de mí, malandrín, cantamañanas, follón, bellaco extranjero, dónde mierda pretendes que te lleve. Mientras tanto, el rascacielos nos mira desde su altura, allá donde nos movemos, muy abajo, centelleando en cada una de sus paredes de vidrio. Cuando al fin nos detenemos, le dejo a don Quijote una generosa propina. Se sorprende, por supuesto, porque yo le esté agradecido. No sabe que voy a escribir sobre él. Que es la literatura la que me inyecto, como gasolina de 98 octanos.

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Pasar a otro estado. Una crónica colombiana

Publicado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos 

Por Ernesto Pérez Zúñiga

 

Contempladas desde el avión, las montañas -cíclopes de verde interminable- avisaban del poder de aquella tierra, que yo asociaba a los hechos terribles de su Historia y a la convulsión de heridas de buena parte de su sociedad. Sin embargo, aquella belleza me avisaba de que iba a experimentar algo diferente: lo que sucede cuando uno sostiene frente al sol cierto tipo de mineral (un trozo de mica, por ejemplo): sobre la piedra oscura destella un reguero de fulgor.

 

Iba a Pereira, al Eje Cafetero detrás de las montañas, al Festival Luna de Locos, que dirige Giovanny Gómez y que reúne a poetas de medio mundo. En lugares abarrotados de jóvenes leo junto a mis compañeros de viaje (otros españoles, como Luis García Montero, Elena Medel y Jordi Valls; el argentino Juan Arabia; colombianos, como Juliana Gómez Nieto, Lindantonella Solano Mendoza, Mauricio Peñaranda, Arturo Estrada, José Luis Díaz Granados; la galesa Zoë Skoulding, el canadiense Herménégilde Chiasson, el británico James Byrne, entre muchos otros) en la noche cálida, el público sentado en la hierba.

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Los onettianos

Publicado originalmente en Quimera. Revista de literatura,

 ISSN 0211-3325, Nº 366, 2014págs. 18-20

Los onettianos

Para Francisco Raya

Vivíamos en Granada y estábamos saliendo de la adolescencia. Una buena parte de nuestra vida giraba en torno a los libros de Onetti, aunque quizá es más exacto precisar que giraba “dentro” de sus novelas. La primera que yo compré, en la librería más cercana al instituto donde estudiaba, fue Dejemos hablar al viento, atraído por su título. Onetti no aparecía en los libros de la escuela pero impuso su poder literario sobre los demás autores con suma facilidad. Los onettianos no sabíamos todavía que lo éramos pero, casi sin querer, empezamos a movernos como sus personajes.

     Nos afectó primero en la forma de andar.

     Estudiábamos quizá el último curso del bachillerato o la selectividad y aparcábamos los apuntes en un tiempo concreto de la noche, cuando el silencio nos rodeaba y la luz seguía encendida. Era un momento de máxima concentración cuando abríamos alguna de las novelas que nos habíamos intercambiado: Juntacadáveres, Los adioses. Las leíamos sin orden y sin atender a su fecha de publicación. El autor, supimos, estaba vivo y, al parecer, en Madrid, un lugar que nos resultaba más inaccesible que Santa María, porque nosotros visitábamos la ciudad de Onetti cada noche.

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Morder la manzana

Publicado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos 

La manzana de Nietzsche

Juan Carlos Chirinos

Ediciones La Palma, 2015

Morder la manzana

Ernesto Pérez Zúñiga

La narrativa del venezolano Juan Carlos Chirinos (1967) destaca por la búsqueda de un misterio escondido en el saber, al que accede, en sus novelas y cuentos, gracias a un poderoso trabajo de imaginación, que en ocasiones toca claramente el género fantástico (como en Nochebosque, de 2011). En otras, prefiere bucear en el mundo mítico que el propio autor va inventando, a través de personajes que encuentran su excelencia, y también sus conflictos, en los rincones nebulosos de la psique a humana. Lo podemos comprobar en sus novelas El niño malo cuenta hasta cien y se retira (2014), Gemelas (2013), y especialmente en los cuentos recogidos en el volumen de relatos Homero haciendo zapping (2003).

     En La manzana de Nietzsche, Juan Carlos Chirinos reúne ambas cualidades para presentarnos un libro de cuentos que podríamos emparentar, en parte, con las Vidas imaginarias de Schwob y, por tanto, con Historia universal de la infamia, de Borges. La mayoría de los relatos de esta colección tienen como protagonistas a seres históricos, ligados a la literatura o al pensamiento. Son, por tanto, ficciones sobre vidas perdidas, fragmentos de respiración que la mente del autor recrea o, sencillamente, inventa basándose en las huellas, a punto de borrarse, que algunas biografía dejaron en el mundo. Muchos de estos relatos, en las manos de Juan Carlos Chirinos, se convierten en escenarios utópicos, pero de palpitante carnalidad, donde famosos escritores (y otros seres afines) se levantan como Lázaro de sus tumbas y se echan a andar.

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 Bailar con máscaras

Publicado originalmente en  Cuadernos Hispanoamericanos.

El baile de madame Kalalú

Juan Carlos Méndez Guédez

Siruela, 2016.

Juan Carlos Méndez Guédez fotografiado por Lisbeth Salas

Bailar con máscaras

Se viene hablando del caso singular de la narrativa de Juan Carlos Méndez Guédez, narrador nacido en Barquisimeto y ciudadano de Madrid, lugares y países, España y Venezuela, que están en el centro de sus novelas de los últimos años. Sus personajes las diseccionan, las interrogan y las explican, recorriéndolas por  tal multitud de calles, avenidas, bares, restaurantes, parques y museos, que sin duda el lector se llevará, como en un caleidoscopio, un poliédrico retrato de nuestras sociedades contemporáneas. Una tarde con campanas, Tal vez la lluvia, Chulapos mambo, Arena negra y Los maletines, por mencionar solo las últimas novelas, son una buena muestra de los paisajes urbanos que menciono.

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Dar limosna a los ricos

Publicado originalmente en Zenda. 

Ernesto Pérez Zúñiga

 

 

El peor de los dragones

Juan Eduardo Cirlot

Siruela, Madrid, 2016

 

La editorial Siruela nos viene regalando en los últimos años la publicación de la poesía completa de Cirlot en cuidados volúmenes repletos de algunas de las páginas más hermosas y desconcertantes de la poesía española del siglo XX. Y ahora, en un paso más, Siruela pone a disposición del lector esta antología, que concentra ese caudal tan fértil como escondido hasta hace poco. Elena Medel, autora del prólogo y de la selección de poemas, acierta plenamente al señalar numerosas claves de la obra de Cirlot (imaginación, simbolismo, música, independencia, “una escritura fuera de lugar en la España de posguerra”), y en el criterio para escoger sus textos: “el rigor en el lenguaje, el vínculo entre imagen y palabra, el juego mismo con la imagen, el desafío del poema extenso”.

     Nos encontramos por fin ante el paisaje esenciado de un poeta  que, si bien ha permanecido entre brumas durante décadas, se ha convertido para muchos en una referencia indispensable. Incluso, al leerlo en esta antología, pensamos, como bien apunta Medel, que se trata de un poeta al que le espera otro futuro, un clásico de un tiempo que todavía habrá que adivinar. En efecto, si los poemas de Cirlot fechados en la década de los cuarenta parecen haber sido escritos ayer mismo, todo el ciclo de Brownyn propone una investigación poética que abre caminos para otros.

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El camino de las fisuras

 

Para ver publicación original Pincha aquí.

El camino de las fisuras

 

Poesía completa (Volumen I)

Javier Egea

Bartleby Editores, Madrid, 2011

 

Por fin. Fue lo primero que pensé cuando supe que se publicaba este libro. Hasta ahora teníamos que recurrir a viejas ediciones ahora difíciles de conseguir, o imaginar cómo hubiera sido aquella que, en vida de Javier Egea, se preparaba con el nombre de Soledades, y que nunca acabó de llegar, como si la historiala suma de ellas- estuviera empeñada en segar el nombre y la obra de uno de los mejores poetas españoles de fin de siglo, nacido en el 52 y truncado en el 99. Por eso, la publicación de este primer volumen con los libros canónicos del poeta granadino, supone un acontecimiento literario de primer orden, una toma de conciencia sobre la niebla, inaugura el espacio de reflexión y de lectura que corresponderá durante este siglo XXI a Javier Egea.

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