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El milagro musical

Publicado originalmente el 2 de diciembre de 2020 en Zenda.

El milagro musical. Ernesto Pérez Zúñiga 

Estructura espacial en tensión (1952). Nino di Salvatore.

 

Hay que darle espacio a la voz, creo que esa es la clave, mi querido Adolfo García Ortega, compañero de este viaje. Cabalgar tiene su ritmo, ya sea al galope o al trote. A lo mejor te ha pasado lo mismo que a mí otras veces: un texto no funciona porque no tiene música. Digamos que, en principio, venía con todo lo necesario: una buena historia y palabras precisas, por ejemplo, pero le faltaba esa misteriosa melodía interior que casa el universo de las palabras. La voz. Por ella reconocemos a los autores por muy diferentes que sean sus libros publicados. Hay algo, un tono del decir, un matiz difícil de definir pero característico que a todos nos identifica. Música del alma, precisaba Pitágoras y luego tantos neoplatónicas. Música del alma que se convierte en voz.

     O en voces. Cuando hace veinte años me preguntaron por cuál era mi poética, contesté, entre otras cosas, algo que me sigue pareciendo verdadero: cada emoción tiene un ritmo propio y este ritmo desemboca en una forma específica en cada texto, sea poema o novela. Entonces pensaba, por ejemplo, en Monteverdi, quien había desarrollado su teoría musical dando estructura melódica a la melancolía, al arrobo amoroso o al ardor guerrero. No era consciente todavía que el ancestro literario que más quiero, ya sabes, Ramón del Valle-Inclán, había dicho lo mismo  y con las mimas palabras hace más de un siglo.

     Ahora ando estudiando otra vez uno de sus libros, La lámpara maravillosa, y en él hay un capítulo dedicado a lo que él llama «El milagro musical», donde compara al poeta con aquellos creadores de monstruos mitológicos que combinaban alas de águila y garras de león en busca de una expresión inédita. «Algo semejante acontece con las palabras», dice Valle. «El poeta las combina, las ensambla, y con elementos conocidos inventa también un linaje de monstruos: el suyo.»

     ¿Cuáles son las voces de ese linaje de monstruos? Solo hay que leer nuestros libros para descubrirlas y, si uno nos parece fallido, es porque no hemos dejado que se libere lo suficiente el rugido melodioso del monstruo de turno, que no tiene por qué ser un fantasma terrible o un Bartleby (más quisiera), pues vale cualquier criatura que, como en aquellos cuentos antiguos, transformaban la bestia aparente en el héroe que esperaba.

     Esa labor de alquimia es seguramente una de las funciones de la literatura. Y tanto tú como yo y tantos escritores sabemos que solo desemboca en el papel sobre la marcha procelosa y minuciosa de la escritura. Que la literatura no trae la voz de la que somos conscientes sino aquella que aleteaba en la sombra, por mucho que nos perteneciera. Valle, en «El milagro musical», lo afirma así:  «Todo se halla desde siempre en nosotros, y lo único que conseguimos es ignorarnos menos. (…) El secreto de las conciencias sólo puede revelarse en el milagro musical de las palabras».

     Es decir, aunque durmiera en alguna parte de nuestros secretos, estaba aguardando ese trabajo de transformación interior inevitable que acontece cuando atravesamos la escritura de un libro desde la primera frase hasta su punto final. Lo diré de otra forma: cada aventura tiene su música. Cuántas nos esperan aún en la escritura y qué habremos hallado al término de cada una de ellas.

     «El poeta es un taumaturgo que transporta a los círculos musicales la creación luminosa del mundo», decía Valle. Y también:

«Las artes literarias dan la sensación de no haberse definido aún, y de luchar por ser. Aparecen como largos caminos por donde las almas van en la exploración de su mundo interior.»

     Sostengo que, por suerte, no acabarán de definirse nunca y que siempre dependerán del ejército de escritores que, desde cualquier rincón del planeta y de la historia, vamos hilando de dentro afuera, en pasado y en futuro, la inmensa red de araña del sueño de la ficción.

     Uno de los mejores amigos de Valle-Inclán, Rubén Darío, nos exhortaba: «Ama tu ritmo, y ritma tus acciones». Y en el prólogo del libro al que este verso pertenece, Prosas profanas,  se explicaba de la siguiente manera: «como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal. La música es solo idea muchas veces».     

     Esto es: del alma (o como queramos llamarla) a la idea (si queremos llamarla así), y de la idea a la música de la escritura, pues solo aparece escribiendo y después de cultivarla silenciosamente durante meses o incluso durante años. La voz de la escritura nace del barbecho tenaz de la vida, sujeto, inevitablemente, a las inclemencias y regalos y descubrimientos de las estaciones. Luego esa voz habrá de vibrar en los cristales de la imaginación de cada cual y, de allí, destilarse en las palabras.

     Otro amigo mío, Juan Malpartida, lo dice así a través de Alonso, protagonista de una excelente novela, Señora del mundo, recién publicada y pletórica de voz: «el que escribe trata de fundirse con lo específico de su fraseo, con el ritmo de la prosa, con la configuración de sus personajes».

     En fin, querido Adolfo, tengamos voz y a mucha honra. Y, como quería Cervantes, ladren porque cabalgamos. A nuestro ritmo. 

    

    

    

Políticos españoles

Publicado originalmente el 4 de noviembre de 2020 en Zenda.

Políticos españoles. Ernesto Pérez Zúñiga

 

‘El intruso’. 1969, perteneciente a la serie ‘Guernica 69’, de Equipo Crónica.

A quién le importa lo que pienso yo de los políticos españoles. Una respuesta fácil sería afirmar que, para empezar, a casi ninguno de ellos. Pero probablemente es una respuesta injusta. Caemos sin duda en la injusticia al generalizar nuestra opinión sobre los políticos, aunque haya razones evidentes para que esta palabra, «político», sea una de las más devaluadas de nuestra lengua. De hecho, a menudo se usa como insulto. Lo que le pasa a fulano es que es muy político, se suele decir, como sugiriendo con ello que es poco fiable, hipócrita, conveniente, amigo del provecho propio. O bien, ojo con fulana: se ha metido a política, como advirtiendo que le interesa el poder por encima de todo.

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Visito Moria

Publicado originalmente el 7 de octubre de 2020 en Zenda.

Visito Moria. Ernesto Pérez Zúñiga

Refugiados y migrantes esperan ser registrados en el nuevo campo de refugiados temporal cerca de Panagiouda, el 12 de septiembre de 2020 AFP/Archivos

 

Visito Moria. No cojo un avión para hacerlo. Puedo ir desde cualquier lugar del mundo. También tú tienes esa posibilidad. Nada humano nos es ajeno. De hecho, podríamos ser perfectamente tú y yo los que estamos allí dentro. Juntos. Ayer. Mañana. Ya pasó otras veces. Los españoles refugiados en los campos del sur de Francia. Hace 80 años. Hacinados. Enrejados. En tierra extraña. Con la expectativa de una liberación que no llegaba nunca. Todo lo contrario: se complicó con la guerra que venía a Francia. Iban de una guerra a otra hasta que la segunda terminó. Luego, el vacío. ¿Qué podían construir con él?

     Construyeron esta Europa que se soñaba a sí misma solidaria, convencida, que apuntalaba fuertes democracias y leyes transpiradas por los derechos humanos tras la barbarie de los egoísmos nacionales. Nunca otra vez. Así es como lo decían, Moria.

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Amistad de la muerte

Publicado originalmente el 2 de septiembre de 2020 en Zenda.

Amistad de la muerte. Ernesto Pérez Zúñiga

La muerte de Sócrates. Jacques-Louis David

Me pregunto cuántas cosas dejaríamos de hacer si no existiera la muerte. Probablemente, no consideraríamos necesario empeñarnos en casi nada. No existiría gran parte de las obras literarias ni desde luego los museos, cuyas obras seguirían siendo propiedad de sus autores, en el caso de que hubiesen considerado oportuno el esfuerzo para llevarlas a cabo.

Valle-Inclán lo expresaba así en una conferencia de 1926: «Porque sabemos que tenemos que morir, nos esforzamos en sobrevivir y en crear belleza y arte». Él desde luego lo consiguió con creces y por eso lo seguimos leyendo ahora. Lo seguimos viviendo, podría decirse, porque él como todos los artistas y creadores que admiramos guardan una vida latente en sus obras que nosotros activamos al leerlas o al contemplarlas o al escucharlas en el caso de la música. Podríamos definir incluso el arte como «aquello que hace vivir a sus autores por encima de su muerte».

Y también podríamos concluir que la muerte es condición indispensable para la existencia del arte. Sería espantoso que, pasados los siglos, Cervantes siguiera llenando los escaparates de la librerías con nuevas novelas y que Beethoven hubiese compuesto ya varios centenares de sinfonías. Los aborreceríamos, seguramente. Y ellos, tal como hicieron, preferirían haberse muerto. La muerte posibilita la renovación artística y, por supuesto, algo muy obvio: la renovación de la vida.

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Marsé el mago

Publicado originalmente el 5 de agosto de 2020 en Zenda.

Marsé el mago. Ernesto Pérez Zúñiga

 

Juan Marsé en París en 2007. Foto: Daniel Mordzinski.

Es sencillo de explicar. Cuando uno era jovenzuelo, ignorante e injusto, venía a salvarnos la estrella de Marsé. Habíamos leído a otros autores españoles, algunos realmente buenos, pero cuando queríamos poner en una mano la literatura que se escribía en América y en otra la española, en esa mano pesaba como ninguna otra la obra de Juan Marsé. Él había conseguido elevar a sus personajes a la categoría de mito. Y tenía en el lenguaje algo escaso en los demás: magia.

     La magia, contenida y retenida en el lenguaje, se liberaba conforme los ojos pasaban por las palabras de sus novelas: una voz que narra entre el asombro y la honestidad con imágenes punzantes, inolvidables, que convocan directamente un lugar del lector a donde muy pocos anzuelos llegan: el niño.

 

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El juego de la mentira en Valle Inclán

Publicado originalmente el 1 de julio de 2020 en Zenda.

El juego de la mentira en Valle Inclán. Ernesto Pérez Zúñiga

Imagen de www.zenda.com

 Valle-Inclán se pasó media vida jugando a mentir, la otra media se la pasó escribiendo. Pues en el hecho de escribir se encontraba la verdad más acabada de su encuentro con la vida: la ficción misma.

   Valle-Inclán se reintentaba constantemente. Leyendo sus entrevistas, sus declaraciones, sus artículos, encontramos un personaje que se proyecta en el tiempo igual que en un escenario, donde hay un solo actor, el propio Valle, interpretando cualquiera de las figuras que va imaginando y que le convierten en aventurero, revolucionario, espadachín, aristócrata, peregrino y, en fin, lo que su capacidad de fabular quisiera. Manuel Azaña, que fue buen amigo suyo, lo describió así: «Es tan prodigiosa su facultad de personificar, de formar criaturas exentas, que los defectos y las cualidades de su carácter se han convertido en otros tantos personajes, con físico, actitudes y hasta vocabulario diferente () Hay un Valle-Inclán arriscado, temerario, y otro piadoso y recoleto. Alguna vez, yendo a encontrarme con Valle-Inclán, me he preguntado a cuál hallaría de los varios que existen.» Seguir leyendo

La bandera que vino del mar

Publicado originalmente el 3 de junio de 2020 en Zenda.

La bandera que vino del mar. Ernesto Pérez Zúñiga

 

La eligió Carlos III para que los barcos de su flota fuesen reconocibles en el mar, lo más posible en días nublados y bajo la lluvia y en la noche y en tiempos de tormenta. De manera que la bandera de España nace asociada a la luz necesaria en la dificultad de visión, y también al mar de circunstancias cambiantes: vientos, corrientes, calma chicha. También, es verdad, a la batalla.
Llevamos ese karma simbólico en la bandera, cuyos avatares históricos son bien conocidos. Pero importa subrayar que es la bandera que eligió España -España está acostumbrada ya a que la personifiquemos como ser consciente formado por millones de personas- cuando se decidió por fin a ser una democracia, superando las heridas de la última dictadura que siguió a la última guerra civil.

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Elogio del librero

Publicado originalmente el 6 de mayo de 2020 en Zenda.

Elogio del librero. Ernesto Pérez Zúñiga

 

Alfonso Tordesillas, en el escaparate de Tipos Infames, la librería que fundó junto a Gonzalo Queipo y Curro Llorca. Fotografía de Roberto Ranero para guiarepsol.com

Los seleccionó y los trajo y los colocó en la mesa y en la estantería, ordenados por géneros y por autores. Lo hizo, fundamentalmente, para desconocidos. Como quien pone las flores para la abeja, quién sabe cuál ni de dónde. Lo hizo para el adolescente que quería alas. Ya no funcionaban en casa, con los libros de infancia. La abeja se paseaba por los lomos, palpándolos con la trompa. Pienso en los tomos de Rimbaud que publicó Hiperión; el fucsia de las Poesías completas, el violeta de las Iluminaciones, la cubierta pálida de Una temporada en el infierno. Los dedos hacían palanca en la parte superior del lomo, abrían el libro, lo acercaban al olfato, las letras se metían por los ojos, sí, como abejas que llevaban el polen a la imaginación. Un adolescente leía lo que otro adolescente (glorioso) había escrito hacía un siglo atrás.

El librero, la librera, habían trazado aquel extraordinario milagro del tiempo. Habían tomado aquellos libros escritos en días desaparecidos y los habían transportado hacia un espacio acogedor, cien años más tarde, mil años más tarde, dos mil quinientos años más tarde. Los habían traído de todas las épocas y de todos los espacios, traducidos de recónditos idiomas, como si ellos, uno solo, la librera o el librero, fuera el ejército completo que Ptolomeo mandó por todo el orbe para capturar los libros que luego formaron la Biblioteca de Alejandría.

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Microdecamerón

Publicado originalmente el 1 de abril de 2020 en Zenda.

Microdecamerón. Ernesto Pérez Zúñiga

Waterhouse, John William; The Decameron; Lady Lever Art Gallery

Al contrario que los personajes de Bocaccio, nos quedamos encerrados en la ciudad. Algunos de nosotros teníamos casas de campo, lejos de las calles contaminadas y de nuestra propia contaminación, pero no quisimos llevarla a los ancianos.

Nos contábamos historias de los pueblos.

Había una señora que siempre habíamos visto sentada al sol escuchando el río. La mujer recortaba las cortinas de su casa y con los pedazos fabricaba mascarillas que, al atardecer, en el silencio, dejaba en la puerta de los vecinos, para que salieran tranquilos a comprar el pan, que seguía viniendo en furgoneta desde el horno más cercano.

Los pájaros cantaban como nunca.

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Soy el Amundsen de mí mismo

Publicado originalmente el 13 de marzo de 2020 en Zenda.

 

Soy el Amundsen de mí mismo. Ernesto Pérez Zúñiga

Tierra negra con alas

Antología de la poesía vanguardista latinoamericana

Edición de Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla

Vandalia, Fundación José Manuel Lara, 2019

 Esta antología es una fiesta fascinante a la que uno es raramente invitado. Abrir las puertas de este libro es entrar a un jardín de verano donde los invitados, algunos famosísimos y muchos totalmente desconocidos, te ofrecen una conversación igual de sorprendente y amena, donde uno se va dejando envolver por el  entusiasmo de la invención y de la inteligencia, por el día radiante de los poetas cuando tocan su estadio de gracia.

     Lo curioso de esta conversación es que todos los poetas hablan con voz propia de un universo común que, al mismo tiempo, comparten y multiplican, y que se va diversificando y aleteando con cada poema, cada vez más lejos, cada vez más alto, en esa esfera grandiosa que en este libro recibe el nombre de vanguardia latinoamericana (y que hay que entender como un organismo con múltiples corazones, dos de los cuales son europeos: París y Madrid).

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